El Hombre que perdió su Sueño – JUEVES

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El Hombre que perdió su Sueño – JUEVES

Aquella mañana se había despertado desapacible. El frío era aún más intenso que otros días y la lluvia caía de lado impulsada por el fuerte viento, lo que hacía difícil protegerse pusiera uno como pusiera el paraguas. Es más, en aquellas condiciones el paraguas era más bien un instrumento inútil que ralentizaba la capacidad para andar, y convertía los movimientos en algo grotesco, luchando contra la persistente fuerza del invisible viento parecía en ocasiones bailar y otras parecía un funambulista sobre su alambre, haciendo todo lo posible por no caer al vacío.

Al bajarse del autobús iba ya tan calado que decidió no entretenerse en abrir el paraguas y aprovechar la ganada agilidad en acelerar el paso para llegar cuanto antes a la cafetería. Total, tan sólo lo separaban unos 20 metros y la cosa no parecía ir a empeorar en tan solo unos segundos.

En seis o siete rápidas zancadas se encontraba dentro de la cafetería, y aunque entre la masa de personas que esa mañana se refugiaban en la misma podría haber pasado desapercibido, una voz desde el fondo llamó la atención de todo el mundo sobre él.

– Vamos, vamos, dejen pasar al caballero que va empapado y necesita un reconstituyente, gritó el camarero desde el fondo de la barra junto al Buda, que esperaba con una gran sonrisa en la cara que se transformó en risa abierta y natural cuando vio la cara que se le quedaba a su amigo al ser el centro de atención de todo el mundo.

Tardó casi tanto en llegar al fondo que le reclamaba como desde el autobús a la cafetería. A su paso, algunas palmadas en la espalda acompañadas de una abierta sonrisa, unas miradas de soslayo o de frente y algún que otro comentario sobre cómo se había puesto le sirvieron de alfombra roja hasta su rincón. Se daba cuenta de que allí se sentía diferente, como si todo valiera, de modo que lo que hasta ahora había pasado para llegar no fue demasiado duro para él.

 

– Vamos que ustedes dos sí que saben hacer que una persona se sienta avergonzada, pero hay que ver la naturalidad y la gracia con que les sale, les dijo mientras estrechaba sus manos.

– Venga hombre, me dirá que es la primera vez que se siente el centro del mundo, le respondió el camarero que ya le tenía preparado su café sobre la barra.

– No, tanto como eso no, pero normalmente elijo el momento, la situación.

– Bueno, dijo el Buda, uno no siempre puede elegir todo lo que quiere o tomar tan sólo aquello que le gustaría. Hay veces que las cosas vienen como vienen y es mejor aceptarlas.

– Sí, de eso creo que he aprendido bastante estos últimos días, le respondió.

– Pues por eso hombre. Ponga en juego lo que va aprendiendo, que el que aprende y no practica es como el que siembra y no recolecta. ¡Para poco vale!

 

Como siempre tenía la frase exacta para el momento justo. Aquella cualidad suya no dejaba de llamarle la atención, y eso que no era la que más valoraba.

¿Cómo van las cosas por la oficina? Le preguntó el Buda cuando se hubo marchado el camarero al que reclamaban desde el otro lado de la barra un nuevo cliente que, empapado, se secaba la cara con las servilletas.

¡Quieto, quieto que el papel cuesta amigo! Tenga usted un trapo y deje de armarme el estropicio que me está liando. ¿Le pongo unos churritos con el café? se dirigió el camarero al nuevo parroquiano.

Pero si aún no he pedido café, le respondió este.

Ya amigo, pero digo yo que, con la que está cayendo, usted sin paraguas, con el agua que lleva encima, mejor deje pasar el tiempo aquí dentro hasta que escampe con un cafetito y unos churros y verá como se siente mucho mejor, le dijo con una sonrisa y con la taza de café ya sobre la barra.

 

El hombre miró hacia afuera, se encogió de hombros resignado mientras hacía un gesto de contrariedad con la boca y aceptó con un ligero movimiento de la cabeza.

 

– ¡Este hombre es un genio! , dijo contemplando cómo iba haciendo desfilar un churro tras otro hasta completar una escuadrilla de cinco churros sobre un pequeño plato blanco.  ¡Un genio!. Estoy por ofrecerle trabajar para nosotros, dijo con una sonrisa y un gesto de admiración.

Pues tiene usted el equipo como para andar haciendo juegos, se rió el Buda. Más le valdría ver en su equipo como ve en él.

¿Cómo veo en él?, le preguntó

Si, bueno, a lo mejor no me he expresado correctamente. Quiero decir que a lo mejor tiene que mirar a su equipo como lo mira a él, analizando lo que hace, valorando lo que pone en juego, buscando cómo podrían sus habilidades servirle a usted para lo que necesita. A lo mejor así podría ver más allá de las personas que conoce.

 

En esta no le iba a pillar. Ya iba aprendiendo de los días anteriores y esta vez estaba preparado.

 

Bueno, no se crea que no pienso todo lo que hablamos y que no lo pongo en práctica. De hecho a mi equipo ya les he ofrecido, o pedido, que me cuenten qué es lo que ellos pueden poner en juego, qué es lo que ellos saben hacer y que me cuenten todas las ideas que tienen. 

Ah, muy interesante, dijo mirándole a los ojos. ¿Y qué tal ha ido?

Bueno, como era de esperar no todo el mundo lo ha aceptado de la misma manera. Mónica está rara, muy combativa, parece que nada le parece bien, todo lo discute, hasta la forma de llamar al equipo. Por otro lado, Fernando sigue en su línea, quizá un poco más seco y directo, pero nada especial

Bueno, me habla de ellos como si los conociera, pero seguro que usted los conoce mejor. ¿cree que lo harán?

¿El qué? le respondió.

Plantearle todas sus ideas nuevas, ofrecerle soluciones, propuestas.

Hombre, espero que sí. Es su oportunidad para demostrar que pueden hacerlo.

Es la oportunidad que usted les está dando ahora, lo cual no necesariamente implica que ellos la tengan que aceptar tal y como se la presenta.

¡No entiendo porqué no!

– Bueno, básicamente, ¿ha visto usted a nuestro amigo el camarero? Se ha fijado en cómo consigue que las personas lleven su línea de pensamiento, cómo les expone lo que conseguirán, cómo les demuestra que ha pensado en ellos. Usted, ¿hizo lo mismo o les lanzó su reto como si fuera la última oportunidad, o la primera, para conseguir lo que usted necesita?

 

Siempre era capaz de desbaratar sus planes, de cuestionar sus pensamientos. Su gesto se volvió serio, preocupado. Su maravilloso plan se acababa de desmoronar dinamitado por la experiencia y el sentido común.

 

Bueno, pero no ponga esa cara hombre. No todo tiene que salir bien a la primera, le animo el Buda. Cuentan las intenciones, cuenta su equipo, y todavía no ha ocurrido nada, ¿acaso no lo recuerda? No hay que ponerse la tirita antes de tener la herida.

Cierto, dijo algo desconcertado, pero siento que voy dando palos de ciego, que no acierto con la fórmula mágica para dinamizar todo esto.

¿Y si ese fuera el problema? 

No por favor, no empecemos hoy con los dilemas. Prefiero escucharle directamente.

Pues le preguntaba si realmente no sería ese el problema. Que esté permanentemente buscando la solución única, la mejor, la indiscutible, la varita mágica que resuelva todos los problemas, cuando realmente los problemas se resuelven poco a poco. 

Tomó un sorbo de su café y continuó. Verá, cuando enfocamos nuestra mente, toda nuestra energía, en encontrar una solución hay veces que dejamos de ver a nuestro alrededor. Dejamos de percibir las señales que nos llegan.

– Nuestro amigo está atento a todo, no se centra sólo en una cosa, sino que abre sus ojos, sus oídos, se centra en la persona, no en el problema ni en la solución. ¿Se ha centrado usted en las personas con quienes trabaja? ¿Les ha preguntado qué les parece la idea, qué opinan de la misma? Muchas veces, en el intento de dar libertad, estamos obligando a tomarla, cuando no todo el mundo está dispuesto, o no los hemos acostumbrado a la misma. Pueden sentirse perdidos sobre cómo hacerla realidad.

¿Me está diciendo que no saben cómo ser libres? preguntó con un tono de incredulidad.

Verá, hay una historia que me contaron cuando era pequeño. En ella un granjero harto de que un águila atacara a sus gallinas y su ganado se lanzó una mañana a la montaña determinado a encontrar su nido. Siguió su vuelo, trepó por escarpadas laderas y se hundió en la montaña hasta que dio con ella. Allí, apostado, cuando el águila volvía con una nueva presa, la abatió. Contento con lo que acababa de hacer, cuando iba a volver escuchó en el nido un sonido. Se acercó y allí vio que el águila tenía una cría a punto de volar.

Temiendo que pudiera llegar a ser una nueva amenaza, pero incapaz de matar al pollo allí mismo, decidió meterlo en su mochila y llevárselo consigo. De esta manera lo tendría controlado.

Efectivamente, cuando llegó allí lo metió con las gallinas. Estas al principio se revolucionaron, corrieron, armaron un tremendo escándalo. El pollo no fue menos, se escondió en un rincón, abrió sus alas y mostró su pico para mantener alejadas a aquellas tremendas aves que jamás había visto.

Con el paso de los meses, el águila fue creciendo. Se acostumbró a comer lo que el granjero y su familia le daban, caminaba por el gallinero junto a las gallinas y le recortaban las uñas para que pudiera caminar bien.

Al cabo de los meses, pasó por allí una persona que, impresionada por ver a aquel magnífico animal caminando como una gallina le preguntó que porqué era tan cruel al granjero.

Éste, que aún no había olvidado lo que un águila podía hacer entre sus gallinas y demás animales le dijo que jamás la dejaría libre porque volvería a atacar a sus gallinas.

El hombre le preguntó cuánto tiempo llevaba allí el águila, metido en aquel gallinero que apenas levantaba dos metros del suelo, y el granjero no supo contestarle, pero le dijo que meses.

El hombre se volvió y le dijo, “abra la puerta, no creo que el águila le vaya a hacer algún mal.”

El granjero, dejándose llevar abrió la puerta, cogió al águila y la sacó fuera. Inmediatamente, el águila abrió sus alas, las batió fuerte, y tras esto se giró y comenzó a caminar por el suelo. Dio la vuelta y se dirigió al gallinero y allí, junto a las gallinas se quedó.

El granjero sorprendido miró a aquel individuo y dijo, “no se extrañe, aunque por fuera siga pareciendo un águila, por dentro ha aprendido a ser una gallina. Por eso jamás volverá a atacar a una, porque ni siquiera sabe que puede volar”

Esto mismo es lo que puede estar pasándole a su equipo Ellos puede que en algún momento fueran águilas, que supieran volar, pero con el paso del tiempo han perdido esa habilidad, han perdido su capacidad y su instinto, y puede que no sólo por dejarlos volar libres lo vayan a rescatar.

Aquella mañana se marchó a la oficina en el autobús. Aquella lluvia no dejaba de caer, fuerte, como si estuviera invisiblemente enfadada. Aquella mañana sus pensamientos fueron tan densos como el aire que se enviciaba dentro del autobús con toda la gente que allí estaba. Aquella mañana, sus pensamientos al llegar a la oficina no estarían tan claros como los días anteriores.

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