El Hombre que perdió su Sueño-JUEVES OFICINA

Comparte FacebooktwitterlinkedinmailFacebooktwitterlinkedinmail
Síguenos FacebooktwitteryoutubeFacebooktwitteryoutube

El Hombre que perdió su Sueño-JUEVES OFICINA

La entrada en la oficina esa mañana distó mucho de parecerse a las anteriores. Parecía que el ánimo triste y depresivo de las personas que iban con él en el autobús que lo dejaba en la puerta de la oficina se le hubiera pegado al cuerpo y a la mente.

Al bajarse ni se preocupó por cubrirse. Tampoco llovía con la misma intensidad que antes, y recorrió los aproximadamente treinta metros que lo separaban de la oficina con un paso ligero pero no acelerado. Quería que la lluvia le quitara de encima aquellos pensamientos, todo lo que había pasado por su cabeza desde que unos momentos atrás hubiera hablado con el Buda; pero no funcionó.

Al llegar se metió en su despacho, se sentó, encendió su ordenador y abrió el correo. Aquella rutina que había roto las mañanas anteriores y que tanto le había agradado romper, hoy parecía ser el principio del final de su aventura de re-lanzamiento.

No conseguía entender porqué se sentía tan abatido. A fin de cuentas el Buda sólo había puesto en duda que el equipo pudiera conseguir lo que le había pedido, pero él lo había visto tan claro al ofrecer esa libertad¡ Se había sentido tan bien cuando pensó que les daba alas para volar que este nuevo punto de vista había caído como el plomo en su ánimo.

Los mensajes de correo saltaban sobre el panel izquierdo de su programa de correo, acumulándose uno tras otro e intentando sabotear cualquier amago de planificación para el día, pero ese no era su problema hoy. No tenía nada planificado.

De pronto, en medio de los correos apareció uno con el asunto: PLANES DE MEJORA DEL EQUIPO. Era un correo de Fernando.

 

Vaya, pensó. Al menos alguien ha tomado la iniciativa. Ya sabía yo que no me iba a decepcionar. Siempre ha demostrado ser un buen guerrero en la sombra.

 

Pulsó dos veces sobre el correo y leyó el texto:

 

Lo siento, llevo dos días intentando tener un momento para hablar contigo pero con tanto cambio y tantas novedades no puedo pillarte. Cuando tengas un momento me llamas. Necesito comentar contigo un tema.

 

Aquello no le dio muy buena espina. No le había visto diferente de otras ocasiones, quizá un poco más taciturno que de costumbre, pero con todo aquel problema encima de la mesa le pareció normal.

Descolgó el teléfono y marcó su extensión. El tono de llamada se repitió hasta que saltó el buzón de voz. Colgó y marcó el número del móvil. Después de cuatro tonos obtuvo respuesta.

 

– Jefe, buenos días.

– Buenos días Fernando. Acabo de leer tu correo. ¿Tienes tiempo ahora para que hablemos?

– Sí, claro. Estaba a punto de salir a hacer las visitas del día pero creo que mejor nos vemos antes.

– De acuerdo, ¿dónde estás? Te he llamado a tu mesa pero…

– No, no. Estoy en la puerta, fumando y tomando un café. En cinco minutos estoy en tu despacho.

– Vale, tranquilo.

 

Colgó el teléfono y pensó que aquellos cinco minutos debía aprovecharlos para intentar cambiar su estado de ánimo. No podía recibir así a una persona de su equipo, se suponía que tenía que mantener la moral y no precisamente hundirla.

 

Bien, pensó, aún está todo en mi cabeza. Nadie me ha dicho que no, y lo que hemos hablado no es más que una posibilidad. No voy a dejar que me arrastre este pensamiento durante más tiempo. Si lo hago no voy a poder ayudarlos ni salir de aquí.

 

Y dicho esto, se levantó, fijó su vista en la ventana viendo cómo seguía lloviendo y cómo la gente se refugiaba y entre ellos vio a alquien que, bajo un paraguas, caminaba lento y parecía hasta disfrutar.

 

– En fin, parece ser que hasta en medio de la tormenta hay gente que sabe sacarle el punto de vista positivo, dijo para sí mismo en voz baja.

– Hola, oyó a su espalda.

– Hola Fernando, pasa, pasa.

– Vaya día más horrible se ha levantado hoy

– Sí, contestó, no parece que vaya a levantar en todo el día. Pero bueno, es lo que toca ¿no? , para eso estamos en invierno.

– Sí, supongo que sí, respondió Fernando.

 

Notó que en su tono de voz había una mezcla de nerviosismo y de preocupación.

 

– Venga Fernando, dime qué pasa

 

Fernando le miró y dibujó una media sonrisa en su cara. ¿Porqué crees ahora que pasa algo? le respondió.

– Pues porque he recibido tu correo, mucho más sobrio de lo habitual. Porque estás sentado como estuvieras asustado, y porque con lo organizado y planificado que eres, esta reunión “bote pronto” no cuadra mucho en tu forma de actuar, luego deduzco que algo pasa.

Bueno, si el Buda hubiera visto aquel despliegue de observación seguro que se lo habría reconocido y que estaría orgulloso de él.

 

– Me marcho, dijo de pronto Fernando.

Se quedó parado, frío. Aquella frase apareció de improviso entre los dos y se llevó la poca serenidad que había conseguido reunir.

 

– ¡Pero qué me dices hombre! No me hagas esto ahora.

– ¿Que no te haga yo a ti el qué? Yo no te estoy haciendo nada, estoy tomando la decisión de marcharme porque no veo futuro en esta empresa.

Su perfil callado contrastaba con lo directo que era cuando se decidía a hablar. Preciso, meticuloso, detallista, Fernando era una persona que cuando hablaba tenía muy pensado lo que quería decir, y esto le preocupó aún más.

 

– Bueno, vamos a ver. Cuéntame qué es lo que pasa, dime si es ya una decisión en firme, …no se. Me dejas de piedra muchacho…. Se que la cosa está mal, pero… estamos haciendo todo lo posible por lanzarnos de nuevo. Sólo hay que dar un poco de tiempo a esto que estamos empezando, ¿no crees?

– Verás, es una decisión muy meditada. No es producto de lo que nos contaste el otro día, …bueno al menos no totalmente aunque ha influido evidentemente.

– Entonces, ¿qué es lo que ha pasado?

– Verás, como tu dijiste el otro día y reconozco que me sorprendió que lo reconocieras, nunca nos has dado espacio para poner nuestras ideas sobre la mesa, ni para proponer mejoras o formas diferentes de hacer las cosas. Tu experiencia y tu forma de ver todo era lo que primaba,… y yo no quiero seguir trabajando así.

– Hombre Fernando, eso me lo tendrías que haber dicho en su momento, ¿no crees? le respondió algo molesto.

– Es que eso te lo he dicho yo y te lo hemos dicho todos de una u otra manera, pero no estabas dispuesto, o no podías, ver lo que estaba pasando. Los resultados salían, llegábamos y superábamos los objetivos que nos ponían, y parecía que eso era todo. Pero el equipo necesitaba más cosas, no sólo conseguir los objetivos, y ahí has fallado.

– ¿Y me lo dices ahora? ¿Y todas las reuniones que hemos tenido de revisión de desempeño cada tres meses, o las reuniones comerciales todas las semanas, o las de seguimiento de departamento todos los meses?

– ¿Esas? ¿Qué crees tu que tenían en común? respondio Fernando de manera irónica Eran tus reuniones, en las que tu nos decías lo que querías, lo que necesitabas, lo que estaba pasando y lo que iba a ocurrir. Y sí, claro, después de todos esos cursos a los que has asistido las dos o tres cositas buenas para que nos fuésemos contentos. Lo siento, pero no funcionaban.

– Pero ya me he disculpado, os he dicho que me equivoqué, que quiero que todo cambie, que todo puede cambiar y que podemos conseguirlo.

– Lo se, y lo hemos agradecido, te lo digo en serio. Pero ya te he dicho que no es una decisión tomada a última hora y como resultado del estado en que está el departamento. Lo siento, pero ya me han aceptado en otra compañía. Aquí tienes mi carta de baja voluntaria con fecha efectiva quince días. Mientras tanto no se si querrás que siga saliendo a ver clientes, que empiece a pasárselos a los demás o lo que quieras que haga. Cuando lo tengas claro me lo dices. Mientras tanto, seguiré trabajando como el primer día.

Fernando se levantó y dando media vuelta se marchó del despacho.

Él se quedó allí, abatido y derrotado mirando la carta firmada que había dejado sobre su mesa. Dos copias de una misma realidad que le ponía no sólo frente al futuro sino también frente al pasado.

 

– Perdona, dijo Fernando que había vuelto al despacho.

– Sí, dime, le respondió con tono apesadumbrado. Ahora ya poco le importaba si hundía o subía la moral de quien fuera porque el primero que necesitaba reflotarla era él.

– Nada, simplemente que necesito que me des una copia firmada. Me olvidé de ello.

– Sí, claro. Déjame que lo comunique a la dirección de la compañía y te la doy a lo largo del día.

– Si no te importa, prefiero llevármela ya firmada.

– Pues no te la voy a dar, respondió tajante. No te la voy a dar ahora y sabes porqué, porque no me doy por vencido, porque se que esto puede cambiar, porque he cometido errores y puedo reaccionar y porque te quiero dentro del equipo, de modo que si no te importa, me quedo con la carta con fecha y firma de hoy, y mientras lo decía la iba firmando y poniendo la fecha, pero me la quedo en el cajón. Tu has tenido tu tiempo para prepararte, y yo quiero mi tiempo para reaccionar.

– Fernando se lo quedó mirando desde la puerta, se encogió de hombros y respondió, «como quieras. Pero si al final de día no me la has dado, tendré que entregarla en recursos humanos, aunque te la di a ti por honestidad y porque eras mi jefe. Si decides tomar esa actitud, me obligarás a tomar a mi otras medidas.

 

Y se marchó.

 

Encima, encima voy y la lío de esta manera para terminar la maldita reunión, decía en voz baja. Encima me va a decir lo que tengo que hacer. Es que cuando el día empieza mal termina…..

En ese momento, echó de menos un café, unos churros y la compañía de cierto gran amigo.

Comparte FacebooktwitterlinkedinmailFacebooktwitterlinkedinmail
Síguenos FacebooktwitteryoutubeFacebooktwitteryoutube

Deja una respuesta

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies