El hombre que perdió sus sueños – LUNES

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LUNES

Cuando el despertador sonó aquella mañana él ya llevaba un rato despierto. No demasiado, pero el suficiente como para haber deseado mirar el reloj sobre la mesilla y saber cuánto tiempo le restaba y para haber desistido de la empresa en un intento de prolongar el tiempo en la cama, como si ignorar la realidad pudiera hacerla desaparecer.

Estiró el brazo y, mecánicamente, apagó la llamada de atención que provenía de la mesilla. Aún habiendo sido él mismo quien seleccionó la música que escuchaba mañana tras mañana, hoy le había parecido incluso menos adecuada y más estridente que otros días.

Bajo su edredón se encontraba protegido, no sabía de qué podía protegerle pero era la última barrera entre él y lo que le esperaba más allá de la puerta de su casa. Esos fríos días de invierno el mundo estaba aún más frío que de costumbre. Si al menos lloviese, pensó, no haría tanto frío ahí fuera… y aquí dentro.

Nunca su edredón había podido protegerle de sí mismo ni de sus pensamientos. Cuando lo compró le gustó su color, el diseño casi geométrico de las líneas que cruzaban de norte a sur y de babor a estribor. El escaso contraste cromático entre las piezas que lo componían se le había antojado tranquilizador. Ahora cuando lo veía, parecía más los barrotes de una jaula en la que se encontraba a gusto que un confortable compañero de viajes nocturnos.

Se sentó en la cama. Dejó que sus pies, en un acto mecánico, se fueran engullidos por las zapatillas que, en medio de la oscuridad de la noche, habían estado allí esperando, acechando sus movimientos para volver a tomar vida. Esa vida que perdían cada noche y que ganaban con los primeros movimientos de la casa.

Ahora todo era quietud. Silencio. Tan sólo el eco de sus últimos pensamientos se permitían retumbar entre sus oídos, redoblando esquinas en el entramado cerebro y recorriendo caminos neuronales mil y una vez recorridos. Sabidos de sobra. Conocedor exacto de dónde le llevaba cada uno de sus pensamientos recurrentes tomó la decisión de abandonarlos, dejarlos hacer. Al fin y al cabo nada podría hacer para cambiarlos. No eran más que el recuerdo de la realidad que, cruda e inexorablemente, crecía y crecía frente a él, a su alrededor, sobre él todos y cada uno de los días.

Lentamente volvió la cabeza por encima del hombro derecho, y a través de la escasa claridad que las frías bombillas de luz fría de la fría calle hacían entrar a empujones en su habitación, pudo ver una vez más un cuerpo que yacía a su lado. Lo miró como quien mira un cuadro que no sabe interpretar. Veía su contorno, contemplaba su imagen semienterrada en el edredón, ese mismo edredón que no podía protegerlo  él y que sin embargo, parecía entregar su calor y protección a otra persona.

No recordaba ya cuándo había dejado de sentir emoción al despertar. Cuándo había sido la última vez que, contemplando aquel cuerpo, había tenido ganas de deshacer el corto camino entre ambos y de sentir el calor humano, unas manos que te atrapan y te retienen, un suspiro que te llena de fe. De dejar que el tiempo se fuera preparando para un día que estaba por comenzar, y al que ya daría caza más tarde apurándose en todos y cada uno de sus movimientos.

Aquella mañana, aquel cuerpo se le antojaba conocidamente distante, extraño, parte de ese cuadro que no comprendía y del cual formaba parte. Veía cómo se movía pausada, acompasadamente por la respiración. Un movimiento que era la delgada línea que marcaba la separación entre la vida y la muerte. Un movimiento monótono, cadencioso, repetitivo, lento, denso que inundaba la habitación con su sonido profundo, cálido, relajante, esperanzador.

 “Un mal día, ¿eh?

 La voz le sacó de su ensueño. Algo había pasado pero, como todos los últimos días que vivía últimamente, se había perdido parte de sí y de lo que había hecho. Esos días en que, mecánicamente se levantaba y arrastraba su cuerpo a oscuras, procurando no hacer ruido alguno, más para que nadie supiera de su presencia y así no tener ni que hablar que por preocupación para no despertarla.

Ni el frío de aquel gélido baño invernal ni el contraste con el agua caliente recorriendo su cuerpo desde la cabeza, resbalando por su cara de ojos cerrados al mundo, adaptándose a su figura cada vez menos valorada habían conseguido hacerle consciente de todo ello.

Mecánico vestuario que, por repetitivo y similar, casi ni necesitaba de encender una luz para ser elegido, o para ofrecerse, porque nunca sabía si era él quien había elegido o era el propio traje quien se había ofrecido para escapar de aquel limitado y oscuro mundo de madera y poder ver mundo, sentir el frío de la mañana, el tacto de la gente alrededor, las luces cambiantes durante el día, los olores que afloraban por todas partes, las vidas que compartían un momento a su lado. En definitiva, de disfrutar un mundo que nunca veía.

 

“¿Va a subir o prefiere seguir pelándose de frío ahí sentado?” 

 

Desde las entrañas de un gigantesco autobús le hablaba una sonrisa socarrona pegada a un gran cuerpo que dominaba aquella bestia que le esperaba con su boca abierta. Se levantó lo más rápido que pudo su subió los dos escalones que le llevaban al Olimpo de aquel dios en absoluto griego.

 “Perdón, estaba distraido” arguyó como excusa para su aislante ensueño recién resquebrajado.

No era capaz de centrarse en lo que hacía cada mañana, y sin embargo todos los días lo repasaba una vez había salido de casa. ¿Cartera?, sí. ¿Móvil?, sí. ¿Llaves?, sí. ¿Libro?, sí. ¿Maletín?, sí. ¿Bufanda, guantes?,  sí, sí. ¿Ilusión por vivir?…

 

…Bueno, yo pensé que se había quedado helado. Y eso que hoy voy sin retraso, jeje.

 

Si aquello había sido un intento de bromear, había sido un mal intento. Aunque tan sólo debió parecérselo a él, porque los escasos pasajeros que a aquella hora recién nacida de la mañana acomodaban sus cuerpos y enseres en el autobús pareció causarles bastante gracia, porque todos ellos se rieron abiertamente.

Era curioso pero se fijó por primera vez en que todos los pasajeros se encontraban sentados en la parte delantera del autobús, unos junto a otros, en lugar de ocupar cada uno el espacio que le correspondía por haber abonado el importe del trayecto. Quizá, pensó, será porque aquí delante el conductor debe llevar la calefacción más alta. Y por eso, esa mañana decidió por primera vez no saltar dando tumbos hasta el primer asiento vacío sobre el que aplastar su cuerpo y desde el que dejar perderse la mirada a través del frío cristal sobre nada de lo que pasara a su alrededor.

Como no quedaba ningún otro sitio libre en la parte delantera, se sentó justo en el que quedaba más cerca del conductor, junto a la puerta. “Aquí voy a pasar frío” pensó, pero la vergüenza de levantarse delante de todos y decidir tomar otro asiento pudo más, de modo que se ciñó la bufanda al cuello, sobre el cuello del abrigo que se posaba sobre el cuello de la chaqueta que protegía el cerrado cuello de la camisa que se estrangulaba con el nudo de la corbata de Hermes.

 

Mal día, ¿eh?” dijo aquella voz socarrona y profunda que ocupaba el espacio detrás del volante y que parecía salir de un templo budista andante. Había algo en aquella voz que la convertía en lo más cálido que había en aquella mañana. Tenía algo aquel tono que invitaba a escuchar, quizá la cadencia sin prisa en medio de un mundo sin control, o probablemente era el tono entre amistoso y jovial que te hacía sonreir, a lo mejor eran sus ganas de salir de su sí mismo lo que le hizo responder.

 

– Sí, no parece que haya empezado bien. Lunes, ya sabe.

 

– No.

– No, ¿qué? preguntó extrañado.

 

– Que no, que no sé nada de los lunes. ¿Qué les pasa a sus lunes?

 

Aquello podía haber sonado a grosería, a mala educación o a intentar reírse de él, pero sin embargo le había sonado extrañamente sincero. Como si realmente pudiera estar él interesado en lo que le pasaba los lunes.

 

– ¡Ah!, bueno. Comienzo de semana, vuelta al trabajo, tal y como están las cosas,…Vamos, lo de siempre.

 

– Pues si que tiene usted malos lunes. Menos mal que le queda el resto de la semana que si no… Oiga y cuando dice lo de siempre, ¿es que siempre han sido así?

 

Una mueca agridulce se instaló en sus labios. Aunque conocía su respuesta de inmediato dejó pasar unos segundos antes de responder, vagando por sus recuerdos, aquellos recuerdos empolvados y guardados en el desván de la memoria.

 

– No, no siempre fueron así. Pero hace mucho tiempo que son así y tal y como están las cosas, así parece que se vayan a quedar.

– Bueno, menos mal. Si no siempre fueron así, al menos tiene usted por dónde empezar a buscar.

– ¿Perdón? – le respondió.

 

Aquella conversación a primera hora de la mañana le estaba abrumando, y más allí delante de todo el mundo. Aunque todo el mundo que estaba allí delante parecía mirarle con una sonrisa cómplice en la cara, como si estuvieran realmente interesados.

 – Quiero decir que, si no siempre sus lunes han sido así, imagino que algo habrá encontrado usted que ha hecho que se hayan convertido en esto.

 

– Más bien perdido, diría yo.

 

– ¿Perdido? ¿Seguro? Me va a disculpar, pero no estoy yo muy de acuerdo con usted.

 

– Ah, ¿no? Y se puede saber porqué? 

 

Aquello ya empezaba a pasar de castaño oscuro. Llevaba poco más de una hora despierto y aquel Buda vespertino se permitía cuestionarle lo que él sabía y vivía. Menos mal que quedaba poco para llegar al final del trayecto y que su educación no le permitía ser grosero, que si no….

 

– Pues para mi es sencillo. Verá yo tengo una comparación.

Imagine que usted sale al campo una mañana soleada, con su familia, y lleva en su mochila la comida que ha preparado el día anterior, las bebidas que ha estado refrescando durante toda la noche, el pequeño botiquín de primeros auxilios, en fin, todo lo necesario para pasar un día estupendo y que le hace sentirse seguro y confiado.

De pronto, cuando llega al campo ve una pequeña piedra que le parece maravillosa. La toma en sus manos, la pone al sol, ve como brillan sus caras, siente su frescura en la palma de la mano y le hace sentir bien, sin saber porqué se siente bien. Usted busca dentro de su mochila un hueco y mete la piedra.

Continúa caminando, feliz, con un poco más de peso en su mochila, pero contento de llevar consigo aquello que seguramente le traerá buenos recuerdos, pero poco más adelante ve otra piedra, esta un poco más grande. Se parece a la que tenía, pero al ser mayor se distingue un poco mejor los materiales que la componen. Seguro que quedará genial en el salón de su casa. De modo que saca la piedra anterior e intenta meter esta, pero la mochila va tan llena que no cabe.

Tras pensarlo, decide sacar el botiquin. Total, cuando vuelva a pasar por allí lo recogerá y podrá llevárselo de nuevo a casa para la siguiente excursión.

Continúa caminando, y su mochila pesa un poco más que cuando salió de casa, pero va contento con su piedra. Seguro que a sus amigos les encantará verla, saber el esfuerzo que le ha costado traerla desde allí.

Casi llegando a la cima de la montaña donde tiene pensado hacer su picnic, una piedra aún mayor parece estar llamándole. Diría que es del mismo tipo que la que lleva, pero tiene algo más, algún metal más la hace ser más fría que la anterior. Seguro que en casa podrá utilizarla no sólo como adorno, sino como un recuerdo del esfuerzo que le costó llevarla.

Dicho y hecho, saca la piedra anterior de su mochila e intenta meter esta. Pero en esta ocasión tampoco cabe, de modo que tendrá que deshacerse de algo. En esta ocasión va a tener que dejar su bebida. De todos modos en la cima hay una fuente y seguramente el agua estará fresca. Allí queda la bebida y la piedra se acopla en su mochila de tal manera que parece que ni molesta sobre su espalda. De hecho al cabo de un rato ya casi no siente que se le clavan sus esquinas y el peso de la mochila parece haber sido siempre el mismo.

Una vez que llega arriba, a la cima de la montaña, saca su comida, pero al hacerlo se araña con la piedra. Intenta curarse, pero se da cuenta de que dejó el botiquín al principio. Bueno, es igual, piensa usted. La piedra merece la pena.

Antes de empezar a comer quiere calmar su sed, pero recuerda que ha dejado su bebida, y que tendrá que ir a la fuente. Allí se lanza, contento porque tiene en su mochila lo que realmente necesita y le hace feliz, y cuando llega a la fuente parece que el agua no está tan fresca como habría estado la de su cantimplora, pero no le da importancia. Total, merece la pena pasarlo un poco mal por volver con su preciado trofeo a casa.

Después de comer y de reposar un poco, comienza el descenso, y nada más empezar ve otra piedra, un poco mayor, con más tonalidades, brilla bajo el Sol de una manera que jamás había visto, de modo que como ahora su mochila va vacía, saca la piedra que llevaba, toma la nueva más grande, la mete en su mochila, se la carga a la espalda, y comienza su lento y pesado descenso.

Le cuesta andar, está cansado, parece que le queda poco para llegar a donde empezó, pero no se ha dado cuenta de que estaba tan preocupado por cargar con su piedra y soportar el esfuerzo que se ha despistado y está descendiendo por otro camino que no es el que quería llevar.

En definitiva poco importa, porque el camino parece llevarle cuesta abajo en dirección a donde dejó su coche al principio. O al menos próximo. Bueno, al menos desciende la montaña, que es algo que sabe que tiene que hacer.

Paso a paso va bajando, cada vez más cansado. Su maravilloso día de montaña se ha convertido en una de las Pruebas de Ulises.

¿Diría usted que su día se estropeó porque perdió algo o porque se llevó algo que no necesitaba?

Cuando estaba a punto de contestar me djio

 

Bueno, esta es su parada ¿verdad? Ha sido un placer hablar con usted. A ver si coincidimos otro día que no sea lunes y seguimos charlando. Que pase un buen día, y ¡cuidado con lo que recoge por ahí! jaja

 

No se si me bajé o me bajó. El caso es que me encontré en medio de la conocida calle, discurriendo entre un torrente de cuerpos sin alma que se dirigían hacia sus destinos y me pregunté ¿qué llevarán ellos en sus mochilas?

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