El Hombre que perdió su Sueño-MIÉRCOLES

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El hombre que perdió su sueño – MIÉRCOLES

Empezaba a tomar por costumbre levantarse un poco antes de que sonase el despertador. Se había dado cuenta de que esa pequeña victoria, decidir levantarse un poco antes, le hacía sentir que tomaba decisiones, que no se había convertido en un esclavo total de lo que “se tenía” que hacer o “como se tenía” que hacer.

Aquellos minutos de más, nunca más allá de cinco o siete minutos, le permitían despertar despacio, creando un pequeño plan del día en su cabeza, imaginando lo que realmente quería hacer ese día, y eso le servía de pequeña guía para las primeras horas de la mañana sobre las cosas que quería hacer ese día y cómo las quería hacer, aunque luego todo se descontrolase y las cosas terminasen haciendo de él lo que quisieran.

Giró la cabeza y se encontró de frente con una mirada igual de despierta que la suya.

 

– ¿No duermes? Aún te queda un rato para levantarte, le preguntó él.

– No, me he despertado, me he puesto a darle vueltas a las cosas y al final me he desvelado. Es igual, tampoco me quedaba tanto.

– Quizá sería interesante que, en lugar de darle vueltas a las cosas y terminar siempre en el  punto de partida, que es lo que suele ocurrir cuando se le dan vueltas a las cosas, podrías elegir una de ellas y planificar qué es lo que quieres hacer – con ella. A mi me suele dar resultado.

– Vaya, ¿desde cuando te has vuelto tan reflexivo y observador? ¿Qué es lo que te estás leyendo?

Él sonrió. Resultaría difícil explicarle todo lo que le había ocurrido durante la anterior semana. Su estado depresivo y cansado, el encuentro con un Buda de gorra verde que conduce un autobús y de quien si quieres, además puedes aprender lecciones de la vida mirando a la carretera, el problema de los posibles despidos en el trabajo,…

– Bueno, si quieres este fin de semana te lo cuento todo. Ahora no tendría tiempo de explicártelo con el detalle que merece, …¡no quiero llegar tarde a mi cita! dijo mientras se incorporaba.

 

Mientras aquel autobús, que más parecía uno de esos coches de choque de una de aquellas ferias de barrio a las que asistía le llevaba a trompicones o de un caballo mal guiado, le llevaba hacia la cafetería donde quería esperar al Buda iba ordenando en su cabeza lo que quería contarle.

 

– Buenos días compañero. Parece que está tomando la costumbre de llegar antes que yo¡ ¿No le gusta como conduzco? ¿Prefiere a mi compañero o es que le gusta tanto el café de este local que no puede esperar para tomarlo? le saludó el Buda subido en una amplia sonrisa.

–  Bueno, su compañero no es que sea precisamente un dechado de virtudes conductoras¡ le respondió con una sonrisa y un gesto de miedo en la cara.

– Otras tendrá, se lo aseguro, otras tendrá. Lo que pasa es que usted aún no le ha dado tiempo para mostrárselas y además no habrá sabido verlas porque no las estaba buscando.

 

Vaya, pues si que empezaba pronto la lección de hoy¡ Ni tan siquiera había dado el primer sorbo a su café y ya le había marcado el primer tanto. Aunque ya se estaba acostumbrando a perder por goleada¡

 

– Seguro que sí. Seguro que sí, respondió irónicamente y fingiendo pensar profundamente en aquella frase. La verdad es que en ese momento no quería pensar en ello, pero no dejaría que se le escapase.

– La verdad, le dijo al Buda, es que tenía ganas de contarle lo que me ha pasado en la oficina.

– ¡Hombre! ¿Ahora ya si que entiendo su trabajo y el de sus compañeros? le respondió el Buda y acto seguido soltó una carcajada que hizo retumbar su tremendo corpachón y que fulminó cualquier atisbo de rencor que pudiera haberse querido entender.

– Venga hombre, ya me disculpé por eso.

– ¿Si? Pues mire usted que yo no lo recuerdo, le dijo el Buda seriamente.

– ¿Está molesto por eso?

– No, ni mucho menos. Yo no. Cuando me contó toda la historia y pude ponerme realmente en su papel, comprender sus sentimientos y analizar los problemas desde su punto de vista pude entender su reacción. Por eso no me siento molesto, pero no debería usted dejar tan claro unos sentimientos y tan escondidos otros.

– ¿Escondidos? Bueno, creo que con usted soy de lo más claro y transparente.

– Pues eso debería hacerle reflexionar, ¿no cree?

– ¿Sobre qué? le preguntó intrigado.

– Pues verá, si tal y como usted dice, y yo le creo porque quiero y porque me agrada pensarlo así, soy una de las personas con quienes más abierto se muestra y a mi se me ha “escapado” escuchar su perdón abierto por lo que pasó, imagino que a los que le rodean y con quien no es usted tan abierto les costará muchísimo más escucharlo. Eso al final, impatará en usted. Es un boomerang.

– Bueno, quienes me conocen saben que me arrepiento de esos ataques enseguida, aunque no lo diga.

– Ya mi querido amigo, ahí radica el problema. Usted es abierto para sus ataques, sus reacciones que pueden ser todo lo justificables que usted quiera, pero no quiere ser abierto para pedir perdón, que es una de las palabras, frases o declaraciones más bonitas que se pueden regalar a los demás. Eso les demuestra que ellos son importantes para usted, mucho más allá de la manida fórmula de educación.

– Bueno, es que resulta difícil de vez en cuando disculparse.

– Será “me”, ¿no?

– Perdone pero esta vez si que no le sigo.

– Sí. Ha dicho usted, “resulta difícil de vez en cuando disculparse” y yo le he dicho que la frase sería “ME resulta difícil de vez en cuando pedir disculpas” Es mucho más correcta.

– Bueno, lamento que la construcción sintáctica de la frase no sea la más adecuada, pero no pretendía escribir un discurso de presentación a la RAE.

Ambos rieron juntos y el Buda pidió el segundo café de la mañana.

 

– Este lo acompañamos con unos churritos de parte de la casa, les dijo el camarero mientras les servía, que se les ve a ustedes muy animados y me animan al personal.

– Hombre, pues se agradece. Y ya iba siendo hora, que te estiras menos que un palo de madera, le respondió el Buda mientras le guiñaba un ojo y comenzaba a dar cuenta del primer churro.

– No, no se lo digo por la construcción de la frase, continuó el Buda que había terminado con el primer churro en tres bocados.

– ¿Entonces?

– Se lo digo porque si quita usted el “ME” de delante de la frase, parece que pedir disculpas sea difícil, cuando la realidad es que al parecer es difícil para usted.

– Bueno, no sólo para mí. Conozco mucha gente a la que le cuesta disculparse.

– Sí, pero ese es otro tema.

– ¿Otro tema? 

– Sí. Una cosa es pedir disculpas y otra muy distinta disculparse. Quizá deberíamos empezar por disculpar-nos, y aquí marcó con la punta de su segundo churro el guión que rompía la palabra, y luego pedir disculpas a los demás. Quiero decir, equivocarse, cometer errores es humano, normal, cotidiano. Tan sólo se libran de cometerlos aquellas personas que no hacen nada, que no toman decisiones, que no se arriesgan, aunque ese sea el principal error desde mi punto de vista, apuntó mientras tomaba una servilleta y se limpiaba las manos y la boca.

– Muchas veces nos cuesta mucho trabajo darnos permiso para fallar. Parece que todas las decisiones las tenemos que tomar a la perfección desde el primer momento, como si fuéramos máquinas que nunca han de equivocarse y que si lo hacen es porque están estropeadas. Con esa línea de pensamiento nos cuesta mucho trabajo disculpar-nos, y esta vez marcó la diferencia pero sin marcadores gastronómicos, y por eso es mucho más difícil pedir disculpas a los demás.

Tomó su café y le dio un trago largo, con los ojos cerrados, como ya le había visto hacer en otras ocasiones. En ese momento parecía que todo perdiera importancia, que estuviera realmente concentrado en saborear el café, en sentir cómo pasaba por su garganta, en disfrutar de su calor en el estómago, de llenar su mente con todas y cada una de las acciones que estaban relacionadas con tomar café. Aquella capacidad para concentrarse le admiraba.

 

– Quizá por eso a usted le cuesta más trabajo pedir a los demás que le disculpen, pero es un hecho que no puede dejar por costumbre. Los demás ya tienen la responsabilidad de decidir si le conceden su disculpa y aceptan su palabra como sincera, como para además tener que andar discerniendo si realmente aunque no lo diga usted quiere sus disculpas.

– Entonces ¿quiere decir que no pido disculpas a los demás porque no me perdono a mí antes? Pues estaría pidiéndome perdón todo el día.

Ya, eso sería cansado, replicó el Buda y se volvió a mirarlo a los ojos, ¿pero no cree que sería mucho más eficaz si dejase de juzgarse tan duramente? Al final esa forma de pensar se hace extensiva a los demás y terminará juzgándonos igual que a usted, si es que no lo hace ya. Aquél día cuando usted se enfadó conmigo, realmente sentí que con quien se encontraba irritado era con usted, por no haber sabido cómo evitar que llegara esa situación, por no haber podido desprenderse de ella el fin de semana y no haberlo aprovechado, por muchas cosas que no tenían nada que ver conmigo.

 

No sabía cómo lo hacía, pero siempre terminaba por darle en la línea de flotación. Una vez más había dado en el clavo totalmente. Era una persona que se juzgaba duramente, casi no se permitía tener ningún fallo y por eso no quería que los demás los tuvieran. Y cuando había un fallo, se sentía culpable y por eso buscaba culpabilizar a los demás cuando las cosas no iban como él pensaba que debían ir.

 

– Tiene razón, reconoció en voz alta nada más terminar el café. Le pido disculpas por la forma en que me comporté. No era usted a quien gritaba, sino a la situación y a mi mismo, y no era su incomprensión la que me molestaba, sino no comprender yo mismo cómo había ocurrido todo aquello. Lo lamento.

– Tranquilo hombre, acepto sus disculpas por lo que suponen de esfuerzo para usted, pero no me guardé nada de aquello dentro porque no era mío. Me alegro de que haya podido dejarlo fuera.

– Se giró, pagó los cafés y le dijo al Buda. Mañana, en el mismo sitio a la misma hora. Paga usted.

 – Délo por hecho compañero. Que tenga usted buen día.

 

Y salió de la cafetería, caminando hacia su oficina, reflexionando sobre lo que acababa de ocurrir. No sabía porqué, pero esa mañana se sentía más ligero, y comenzó a caminar deprisa.

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