El hombre que perdió su sueño-MIÉRCOLES

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MIÉRCOLES

 

Cuando se quedaba despierto en la cama, antes de que sonase el despertador, en ese momento en que no sabía si intentar volver a dormirse o ir despejándose poco a poco solían ocurrírsele ideas sumamente curiosas.

Esa mañana había sido una de ellas. Con su cuerpo sintiendo el calor que provenía del otro lado de la cama, la proximidad le había llevado a sentirse relajado, acompañado, y sus pensamientos habían habían emigrado, en medio de su habitación a oscuras, hacia un terreno en donde se preguntaba si cerrar los ojos o mantenerlos abiertos en medio de la oscuridad era lo mismo. Dudaba si su cabeza lo “vería” de la misma manera, ¿acaso se puede ver la oscuridad? Pero cuando abro los ojos “veo” nada, sólo oscuridad. Entonces, ¿cuál es la diferencia? ¿Veo nada o no veo todo?

Normalmente no llegaba a conclusión alguna, pero se había dado cuenta que si dejaba que su cabeza vagase por estos pensamientos en lugar de disgustarse por haber despertado antes de tiempo y no poder volver a dormirse o cualquier sensación similar, se levantaba con mejor ánimo. Y además, con unos u otros pensamientos ni el sueño le vencía ni el reloj se detenía, de modo que…

Se levantó de buen ánimo, incluso se paró a pensar qué quería ponerse esa mañana. Sabía que los pequeños gestos también influyen, de modo que se lo tomó en serio. Después de la conversación del día anterior con el Buda le había dado tiempo a pensar en cómo todos influimos en todos, de modo que aquella decisión era importante, y como tal la iba a tomar.

Cambio tras cambio consiguió su objetivo. Decidió que todo estaba bien. Se veía bien, su traje, sus zapatos, su maletín, su reloj,…¡SU RELOJ!. El tiempo había desaparecido de su reloj, era tarde, más tarde que cualquier otro día.

Tan rápido como pudo salió de casa, corrió hacia la parada del autobús y justo llegó para saltar dentro cuando las puertas se estaban cerrando.

 

Bueno, hoy venimos con energía¡ Eso está bien hombre, muy bien. ¡Empezar el día con algo de deporte es muy sano!, dijo el Buda mientras se reía a carcajadas.

 

Esa mañana no pensó dónde debía sentarse. Simplemente se desplomó sobre el asiento de todos los días, se aflojó la corbata, se quitó el abrigo y se puso todo lo cómodo que pudo intentando recuperar el aliento. Esa mañana la conversación la inició él.

 

– Bueno hoy llego tarde al trabajo seguro. Esto ya es el colmo, lo que me faltaba para terminar de fastidiar el día.

¡AH¡! ¿Y eso es tan importante? , preguntó con desgana.

– Bueno, tal y como están las cosas, mantener mi trabajo es importante.

– ¿Seguro? ¿Eso es realmente importante? respondió casi sin darle importancia a la frase.

– Claro. Con mi trabajo gano dinero, y eso nos permite a todos en casa vivir.

– ¡Ah! Entonces si no tuviera casa, ni familia, ni nada por el estilo, el trabajo no sería importante, ¿verdad?

– Hombre, aún tendría que vivir yo. Y eso es importante, contestó con un tono irónico.

– Sí, va a ser. ¿Pero eso es más o menos importante que el trabajo?

– Claro, si me tocara la lotería y pudiera vivir sin trabajar, evidentemente que sería más importante vivir.

– ¡Toma, a eso también me apunto yo! dijo con una gran carcajada que llegó a llenar todo el espacio que quedaba vacío en el autobús

– Entonces parece que el trabajo no es lo importante. Ya me lo imaginaba. A usted le importa vivir, y vivir bien, como a todos.

– Si, claro.

– Ya,…¿y porqué no se va a una de esas islas paradisíacas que salen en las películas? Seguro que alguien como usted podría encontrar un trabajo allí y vivir bien.

– Claro, y se lo digo a la familia y me van a despedir al aeropuerto con pancartas¡¡ le respondió casi molesto. Este hombre parece que no se entera de qué va la vida, pensó.

– ¡Ah! Ahora la familia. Así no vamos a acabar nunca amigo mío. Ahora va a resultar que la familia es más importante que vivir bien.

– No, no se equivoque. La familia es parte de ese vivir bien.

– Entonces, no es el trabajo, ni es el dinero, ni realmente vivir bien, sino que es la familia. ¿verdad?

– Pues mire, yo ya no se que decirle, porque como sigamos así va a resultar que nada tiene tanta importancia.

 

En ese momento el Buda desde su trono me sonrió. Su cara, su boca, su mirada me sonrieron sinceramente. Cuando empezó a hablar, su tono había cambiado; había desaparecido la socarronería y había sido invadido por algo parecido a una inmensa tranquilidad.

Verá, yo aquí en el autobús tengo mucha suerte. Veo muchas cosas, y he aprendido a lo largo de los años a mirar otras que antes no sabía ver.

Veo a muchas personas correr detrás de los autobuses, desesperadas por alcanzarlos como si en ello les fuese la vida. Parece que no se dan cuenta de que la vida pasa delante de ellos mientras están preocupados por perderse algo de ella. Siempre hay otro autobús detrás, o se puede continuar caminando, o se puede ir en metro, en taxi,…hay tantas cosas que se pueden hacer con un poco de imaginación y paciencia¡

Pero allí, en aquel momento, parece que se les ha terminado el mundo. Se llenan de enfado, la ira les sale por todos lados y hacia todas las personas que les rodean. A mi me parece que a alguno le va a pasar como en los dibujos animados y voy a conseguir ver cómo les sale humo por las orejas y por los agujeros de la nariz del enfado que tienen.

Y realmente, ¿cree que es tan importante? Las cosas siempre tienen un valor para cada uno de nosotros, pero tenemos que aprender qué es valioso para nosotros y qué no lo es, para saber cuándo hay que correr y detrás de qué y cuándo merece la pena sentarse y esperar a que venga el próximo autobús mientras se llena uno de la vida que hay alrededor. Muchas veces aquello a lo que damos el valor de importante no son mas que nuestras propias excusas para no llegar a pensar en lo que realmente es importante.

Muchas personas parecen mirar con los ojos cerrados a todo aquello que tienen a su alrededor, o mirar con unos ojos que han aprendido sólo a mirar un color, o una forma, o un futuro. Nada que no se adapte a como sus ojos son parece llegarles.

Mire, normalmente en la vida, como pasa aquí, el autobús que se marcha lo único que hace es dejar sitio para que venga el siguiente. Si no se va, nunca llegaría el próximo. Pues muchas veces nosotros nos empeñamos en que el autobús no tiene que marcharse, no debe desaparecer esa oportunidad por la que tanto hemos corrido y luchado por conseguir. ¡Nos lo deben por nuestro esfuerzo!  La gente debe o no deber ser para ajustarse a el patrón que nosotros sabemos identificar. Y ahí, amigo, ahí se nos va la vida, delante de nuestros ojos.

Y sabe que, cuando hay miedo, no hay felicidad. Cuando hay miedo de vivir lo que es importante para uno mismo, no hay felicidad. Cuando hay miedo a perder, no hay felicidad. Pierda usted el miedo hombre¡ y verá que pronto aparece la felicidad esa que busca.

Ese día, el resto del trayecto lo hicimos en silencio. El Buda concentrado en no podría decir qué y él dudando de si debería hacer caso a aquél hombre o si debería continuar su vida tal y como había venido haciendo.

Llegó el final del trayecto, se levantó y se despidió con un gesto de la cabeza del Buda, que estaba hablando con un compañero. Se quedó con ganas de despedirse hasta el día siguiente, pero se quedó en el intento porque una persona que pasó corriendo delante de él para no perder el autobús se llevó a rastras su frase.

 

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