El Hombre que perdió su Sueño-MARTES

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MARTES

 

Esa mañana no dejó que sonara el despertador. Antes de eso ya se había levantado, lo había mandado callar y había iniciado un enérgico avance que acabó con todos los movimientos necesarios para salir de su casa antes que ningún día.

Su estado de ánimo había crecido como la masa del pan, lentamente, fraguándose en sus pensamientos, en los recuerdos de aquella reunión que tan mal había manejado y que le había dado los resultados que sabía que le iba a producir. Poco a poco su disgusto fue transformándose en enfado, y el enfado creció hasta convertirse en una gran determinación, y tanto uno como otra tenía un objetivo. Poner las cosas en claro.

La mañana, sin lluvia, despejada fría y ventosa terminó por arrastrar lejos las escasas, si es que quedaba alguna, duda de lo que tenía que hacer. Llegó antes a la parada del autobús, y esperó a que llegara el padre de hijos enfermos inexistentes que la semana pasada le había servido de lección. Lecciones, ¡ja!, ya le daría él lecciones.

No quería encontrarse con el Buda en su terreno, no quería no poder mirarle directamente a los ojos, no quería que pudiera perder la vista en la carretera y la ciudad que tanto parecían enseñarle, pero que no le habían enseñado cómo llegar a ser algo más que un conductor de autobús. No, no quería.

El autobús estaba frío, el ambiente en el autobús estaba frío. La gente en el autobús estaba fría y dispersa. Unos dormitaban en los asientos, otros miraban tristemente por la ventana, encogiéndose entre sus ropas. Él buscó un asiento al final del autobús. Aquel no era su autobús, no era su sitio, no era su gente, de modo que casi ni él era el mismo. Frío y determinado en su decisión se sentó y dejó que aquel remedo de conductor los bambolease hasta el final de su trayecto.

Se dirigió rápido al bar, había planeado todo. Llegar antes, estar tomando su café, recibirlo como despistado y lanzar todas sus armas y reproches nada mas aparecer la primera pregunta.

Cuando el Buda entró en el bar, repleto de humanidad, sueños y deseos, él lo vio entrar. Desde la puerta su gran corpachón se movía con agilidad entre los clientes, entres sus cafés y sus tertulias mañaneras aceleradas que desgranaban rápidamente todos los eventos importantes del día anterior, una o dos cosas como mucho en el mejor de los casos.

– Hombre, hoy se me ha adelantado usted, le dijo el Buda

– Sí, resulta evidente. Le he pedido el café según le he visto entrar.

– Muchas gracias. Es todo un detalle teniendo en cuenta cómo está usted.

 

Aquella frase detuvo en seco aquel caballo de carreras que estaba a punto de empezar a correr.

 

– ¿A qué se refiere?
– Vamos, no hace mucho que nos conocemos, pero todo su cuerpo grita que algo le pasa. El gesto de su cara, la posición de su cuerpo, el tono de su voz. ¿Alguien empeoró las cosas en el trabajo? preguntó al tiempo que tomaba su taza de café recién llegada.
– ¿Alguien? Sí, podríamos decir que las cosas empeoraron, y sí alguien se encargó de ello.
– ¿Las cosas empeoraron? ¿Qué cosas empeoraron, han despedido a alguien?
– No, por el momento no. Pero mis chicos están hundidos, hechos polvo y además enfadados y molestos conmigo. 

Bien, aquello tomaba los derroteros que él había previsto.

 

– ¿Y usted que ha pensado hacer para que cambien?
– ¿Acaso no le parece interesante saber qué pasó para que se sientan así?
– ¿Acaso ahora eso resulta importante?
– Pues para mi sí que lo es. Yo sí se lo que ocurrió.
– Genial entonces, porque entonces usted ya sabe cómo conseguir que no vuelva a ocurrir, ¿verdad?

 

No, aquello no tenía que ser así. Se había sentido mal y el responsable tenía que pagar por ello, de modo que volvió a intentarlo

 

– Bueno, a lo mejor no habría ocurrido si no le hubiera hecho caso a usted, le lanzó esperando ver cómo salía de aquella.
– Vaya, pues ya lo siento. Lamento sinceramente que algo de lo que hice o dije le haya hecho comportarse en contra de sus sentimientos.

 

Pero bueno, pensó, ¿es que este hombre no se da nunca por aludido o qué pasa? Ahora qué le digo yo si el tipo ya se ha disculpado.

 

– Bien, le preguntó el Buda, ¿y ya tiene claro qué es lo que va a hacer?
– Bueno, titubeó, la verdad es que no tengo muy claro qué es lo que quiero hacer, pero desde luego tengo claro qué es lo que no quiero hacer.
– No es demasiado útil, ¿no cree? respondió nada mas terminar el primer café y pedir el segundo.
– Bueno, al menos se dónde no quiero volver a verme, que ya es algo.
– ¿Me deja que le haga una pregunta? 

Ya empezaba a temer aquella pregunta. Cada vez que se la hacía conseguía volverle todo del revés.

 

– Sí, por supuesto, y apuró su café.
– ¿Ha ido usted a la compra sólo alguna vez? A comprar comida a un super, por ejemplo.
– Sí, claro que sí.
– ¿Y se ha llevado una lista de la compra?
– Por lo general sí. Soy una persona organizada y no me gusta perder el tiempo allí ni olvidarme de nada.
– Bien, eso está muy bien, le dijo acompañando la frase de una honesta sonrisa. Y en la lista de la compra, por tanto, llevaba anotado todo lo que quería comprar, lo que necesitaba, ¿verdad?
– Ya le he dicho que sí.
– Ahora, por un momento, piense en hacer la lista de la compra anotando todo aquello que no quiere comprar. ¿Qué cree que pasaría?

 

No tuvo que pensar demasiado para contestar, aquella pregunta era fácil y no parecía tener trampa.

 

– Sería mucho más larga de preparar, llevaría más tiempo, no se.
– ¿Y cree que le llevaría a lo que quiere o le alejaría de lo que no quiere?
– ¿Esa lista? Me alejaría, claro está.
– No parece muy útil verdad
– No, no lo es.
– Pues eso mismo es lo que nos pasa cuando tenemos la certeza de saber qué es lo que no queremos que nos pase. Cuando sabemos cláramente lo que no queremos hacer o que nos hagan. Pero ahora deje que le haga otra pregunta, ¿se ha fijado en cuántas personas de este bar usan gorro? Es curioso, ¿no cree?

 

!A santo de qué venía aquella pregunta tan absurda¡ De una mirada se puso a contar. Primero buscó a los hombres, porque le pegaba más que los hombre usasen un sombrero o gorro o algo así. Mientras lo hacía se dio cuenta de que las mujeres, aún a pesar de llevar paraguas la mayoría de ellas tenía junto a su café o en la mano un pequeño gorrito impermeable azul, o verde oscuro. Las chicas más jóvenes llevaban algunas una curiosa boina de lana, o un gorro que les cubría hasta las orejas.

 

– Si, no me había fijado en algo tan importante. Hay muchas personas que llevan gorro.
– ¿Más o menos de las que se esperaba?
– No me esperaba nada. Pero sí, hay muchas, más de las que habría dicho. Y ahora una más, porque acaba de entrar otra. Y si seguimos así seguro que entran más, pero no se que tiene que ver todo esto con lo que le he contado.
– Tranquilo, sólo deme un poco de tiempo más y se lo explicaré. ¿Se ha fijado en cuántas de ellas llevan paraguas a la vez?
– No, no creo que lleven paraguas si hoy no llueve y llevan gorro. Y según lo decía estaba mirando por encima del hombro para contarlos por si la siguiente pregunta era esa.
– Pues exactamente esas dos cosas son las que le han pasado a usted en la oficina.

 

Ahora sí que lo había matado.

 

– ¿A mi? ¿El qué cree que me ha pasado en la oficina?
– Verá, ayer se fue usted de aquí con una disposición que se le notaba al andar, en su cara. Había cambiado su determinación y sabía que quería hacer algo, pero se marchó sabiendo lo que no quería que ocurriera. Se llevó de aquí la lista de la compra con lo que no quería comprar, lo que le dejó indefenso. Deambuló por los pasillos de sus pensamientos eliminando todos aquellos que no quería tener, abandonando en las aceras las imágenes que no quería que ocurrieran, temiendo lo que usted ya  había imaginado que podía ocurrir.

 

Le escuchaba callado. Era curioso, pero cuando el Buda hablaba parecía que todos los ruidos que volaban a su alrededor desaparecieran, como si todo el mundo bajase la voz, aunque bien podría ser que él se estaba acostumbrando a escucharle cuando su tono de voz se hacía tranquilo y sereno al explicarse.

 

– Y además, continuó el Buda, se concentró tanto en lo que no quería que ocurriera, como cuando ha contado los gorros y los sombreros y no se ha fijado en los paraguas, que eso se convirtió en su único punto de referencia. Las dos cosas juntas suelen conseguir que, creyendo que hemos iniciado una carrera triunfal hacia la meta, nos demos cuenta de que hemos empezado a correr por todas las calles que rodean el recorrido menos por el recorrido mismo, y que a la vez hemos dejado de fijarnos en los carteles que nos guían hacia donde debemos ir.

 

El segundo par de cafés humeaba sobre la barra, pero ninguno de los dos se había vuelto para tocarlo.

 

– Si usted se llena de energía, eso es bueno. Si usted se concentra en escapar y sólo ve lo que no quiere que le pase, toda su energía se desgastará sin perseguir lo que verdaderamente quiere y necesita. ¿Tenía claro lo que quería en su oficina el otro día?
– No, realmente sabía que no quería que pasara lo que pasó. Me frieron, y eso que….
– Queeee, prolongó el Buda.
– Que ya lo veía venir, terminó él.

 

En ese momento el Buda se calló, tomó su café y se lo llevó a los labios. Cerró los ojos, paladeándolo como si fuera el primer café que tomara y el mejor café que hubiera tomado. Algo había cambiado, incluso hasta había cambiado el sabor del café.

 

– Entonces, ¿cree que si en lugar de centrarme en lo que no quiero que ocurra me centro en lo que quiero que ocurra, las cosas funcionarán mejor?
– No lo se, pero lo importante no es lo que crea yo, es lo que crea usted. ¿En qué cree usted?

 

Se detuvo un momento a pensar. No quería dejar escapar aquella forma de ver las cosas. En el fondo le gustaba la forma de pensar de aquel grandullón. Puede que no dijera nada demasiado complejo, pero la forma de explicarlo lo convertía en especial.

 

Dos largos tragos de café después que apuraron con el contenido de la taza supo lo que quería responder.

 

– Creo que es más importante correr hacia lo que uno quiere, que escapar de lo que no quiere. Creo que centrarse en las cosas que tienen valor en lugar de las que lo restan da mejores resultados que hacerlo al contrario. Creo que tengo la responsabilidad de dar a mi equipo la visión de lo que podemos conseguir, no la de apoyarles en sus miedos aunque no me olvide de ellos. Si creamos la peor visión de lo que puede ocurrirnos para prepararnos por si ocurre estaremos creándola ya desde el principio y la hacemos más real incluso.
– Brillante mi querido amigo. Debería usted dedicarse a ayudar a los demás. Y además creo que debería usted marcharse si no quiere llegar tarde a su oficina.

 

Miró el reloj y comprobó que efectivamente el tiempo había volado casi sin darse cuenta. Entre gorros, paraguas, cafés y carreras todo había acelerado su marcha.

 

– Sonrió y metió la mano en el bolsillo.
– No, recuerde que hoy me toca a mi, replicó el Buda.
Gracias, dijo con una sonrisa clara, … por todo, y le tendió la mano que vio desaparecer arropada generosamente por la del Buda.

Se dio la vuelta y salió del bar con la sensación de que olvidaba algo, pero no sabía que era. De pronto se acordó. Había olvidado hacer pagar al responsable de su desastre de ayer, aunque a lo mejor…

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1 comment on “El Hombre que perdió su Sueño-MARTES”

  1. Eva

    A medida que este autobús avanza…el relato engancha, las reflexiones atrapan, pero lo mejor…a mi me sirven cada día, las pienso, las proceso e intento aplicarlas…Gracias!

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