El hombre que perdió sus sueños-MARTES

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MARTES

Esa mañana, cobijado bajo los barrotes flexibles de su edredón, el sonido de su despertador no le pilló prevenido, le deslumbró el flash musical que saltó desde su mesilla.

Automático, mecánico y veloz lo atacó sobresaltado para callarlo y evitar que siguiera gritándole de aquella manera. Ya antes de levantar su cuerpo y su espíritu sintió ambos cansados. Más que cansados, sin fuerzas. Sin fuerzas para poner baterías a su moral que le proporcionara energía a su cuerpo.

La noche había resultado ser corta. Claro que eso es lo que solía ocurrirle cuando dejaba que la noria de sus pensamientos se pusiera en marcha al entrar en la cama. Con un cierto deje de humor resignado pensaba que las noches que tropezaba con la palanca que accionaba el mecanismo de la noria, el mundo entero giraba en su habitación haciendo cola para atropellarlo, como en el chiste.

Llenó sus pulmones como quien se dispone a hacer un esfuerzo sobrehumano y se sentó en la cama esforzándose por comenzar un día más.

Su rosario de movimientos comenzó a repetirse, más allá de su control o quizá excesivamente controlado, repetido, medido. Mismas horas, mismos movimientos, mismas sensaciones, mismos pensamientos. Era el mismo él mismo.

Salió a la calle acompañado de su maletín, sus pensamientos, sus llaves, su móvil, su cartera, su mochila… ¿Qué mochila?¡

Aquel pensamiento falsificó la sonrisa de la Giocconda sobre su cara. ¡Aquel Buda ahora encima le cargaba con una mochila! Como si no tuviera suficiente carga con lo que él tenía todos los días, ahora iba a ponerse a pensar en una mochila.

Se sentó en la parada a esperar a que llegasen sus ganas vivir y, de paso, al mismo autobús.

Su vista hoy no se dirigió a su interior perdida en el infinito, si no que la lanzó lo más lejos que pudo intentando prever lo que estaba por llegar. El autobús.

 

– ¡Que! Hoy no le sorprendo, ¿verdad?– y sintió que el Buda le había lanzado la frase como quien acerca la mano a alguien para ayudarlo a subir un desnivel demasiado pronunciado o quien lanza un cabo desde un barco que va a atracar.

 

Bueno, si no fuese por esa gorra de béisbol verde que lleva en la cabeza sería verdad, pensó para sus adentros.

 

– No, hoy estaba más despierto, respondió esbozando su sonrisa “Davinciana”

– Claro. Es que ya no es lunes, y lo suyo son los lunes malos, respondió acompañándolo de una sonrisa amplia, fresca, clara, honesta.

 

La verdad es que parecía difícil poder tomar a mal cualquier comentario de aquel hombretón. Sus pensamientos parecían surgir sin filtro alguno y el interés con que los aderezaba hacía mucho más sencillo escucharlos sin juzgarlos.

Casi sin saber porqué, se sentó en el mismo sitio que el día anterior. Parecía casualidad, pero tan temprano por la mañana solía haber muchos asientos esperando con los brazos abiertos a que alguien les diera sentido de estar allí, de modo que ¿porqué no aquel?

 

– Hoy vamos un poco más tarde-dijo el Buda desde debajo de su gorra verde y sonó hasta interesado en el hecho.

– ¿Sí? Casi ni me había dado cuenta, respondió mientras aprovechaba para mirar su reloj. Era cierto, el retraso no llegaba a cinco minutos, de modo que no le dio importancia.

 

– Bueno, espero que no tenga la hora muy justa para llegar allí a donde vaya, dijo mientras se ajustaba la gorra hasta hacerla llegar a la altura de sus cejas.

 

– Hombre, tampoco vamos tan tarde, no se preocupe.

 

El Buda, aprovechando que estaban parados en un semáforo giró su cuello y lo miró directamente, con socarrona expresión.

 

– Usted no conoce la ciudad, dijo mientras sonreía. En cuestión de un minuto todo cambia, se transforma, y lo que ayer fue, hoy ya no es más. ¡Mírese si no usted!

 

No sabía a cuál de las dos partes de su frase atender antes. Al cambio universal pronosticado por un conductor de autobús pegado a una gorra verde como un tubérculo generoso al que aún no se le han arrancado las hojas o a la alusión a su cambio personal. Optó por lo segundo porque se sentía más tranquilo y pensó que aquel tema lo dominaba más. Total, si hasta los Mayas se habían equivocado con el devenir del mundo, aquel Buda no iba a tener la respuesta.

 

– Bueno, no crea que yo he cambiado tanto desde ayer. De hecho creo que siempre he sido así.

 

– ¡Ja!, disparó el Buda sin mirarle, estrellándo su respuesta contra el cristal. ¿Realmente se cree lo que está diciendo o lo dice para que nos lo creamos los demás? invitando así a la conversación al resto de personas que los acompañaba aquella mañana y que, una vez más, se agrupaba en la parte delantera asistiendo así al intercambio y participando con sus callados pensamientos que se reflejaban en sus gestos.

 

Aquello ya empezaba a colmar su paciencia. ¿Porqué narices se tenía que haber sentado allí de nuevo?. Ahora quedaría como un maleducado tanto si se marchaba como si no contestaba, y no quería que los demás le vieran como una persona maleducada. Le iba a demostrar que se equivocaba, que no sabía con quién se batía el cobre aquel tipo apoltronado sobre su asiento de rey del mundo del transporte.

 

– Hombre, no me va a decir ahora que me conoce usted mejor que yo a mí mismo, ¿verdad?

– Pues parece ser que sí. Que si realmente usted piensa lo que ha dicho es más probable que yo le conozca más que usted a sí mismo.

– A ver. Ilústreme, le contestó con un tono que ya empezaba a sonar molesto.

Verá, creo que a usted, como a muchas personas, les pasa lo que a las carreteras. Yo hago siempre el mismo trayecto, salvo algunas excepciones en que puedo disfrutar de otros por necesidad, estoy asignado siempre a esta línea.

Eso, a cualquiera que lo vea desde fuera puede parecerle aburrido, pero a mi, a mi me da la oportunidad de ver cómo cambia todo. Sólo hay que aprender a mirar.

Cada día hay algo nuevo. Algo nuevo en las personas que deciden subirse a este autobús, hay algo nuevo en las calles por las que pasamos: más o menos espacio, alguien que compra el periódico y vuelve a su coche en una carrera lenta, una persona que cruza rápidamente un semáforo.

Todo eso es distinto, todo ello influye en el tráfico. Todos estamos interconectados en las carreteras. Si el señor del periódico decidiera no volver corriendo a su coche, por muy deprisa o despacio que lo haga, eso influiría en el estado de ánimo del conductor que espera, lo que haría que reaccionase de una u otra manera, y eso ya habría cambiado el tráfico entero de toda la calle y de toda la ciudad.

Mientras hablaba no separaba la su mirada de algo que no existía, parecía que estuviese viendo lo que había ocurrido y lo que iba a ocurrir, cuando en realidad estaba viendo lo que estaba ocurriendo. Lentamente en medio del atasco, dejaba que el autobús circulase sin sobresaltos, sin forzarlo, lo que hacía que el viaje fuera más agradable.

A las personas hay veces que nos pasa lo mismo. No nos fijamos en lo que nos rodea y así es imposible que nos demos cuenta de cómo hemos cambiado y de cómo cambiamos a cada momento. Nos miramos sin vernos y miramos a los demás sin verlos.

Cada uno de nuestros actos, estados de ánimo, pensamientos, gestos influyen en los demás y mucho más allá de lo que podamos imaginar. Creamos nuestros propios atascos mentales y vitales tan sólo para poder jugar a desatascarlos y tener de esta manera la posibilidad de decir lo que pensamos so pretexto de resolver un problema. Aceleramos nuestros pensamientos y nuestros pasos para estar junto a las personas que queremos, sin pensar si aquel es nuestro ritmo o el suyo.

Transitamos por nuestras carreteras sin dar y sin darnos atención, porque parecen ser las mismas carreteras de siempre, con las mismas personas de siempre, con los mismos problemas de siempre, aún cuando jamás lo serán.

Si usted cree que no ha cambiado de ayer a hoy es que no se ha fijado en lo que le ha ocurrido hasta ahora, que no se ha regalado la atención necesaria, y si es así dudo mucho que se la haya podido dar a nadie más. Y si es así, amigo, entonces sí que yo le conozco a usted más que usted a sí mismo, y mientras decía esta frase le miraba y guiñaba un ojo en un acto más de camaradería que de prepotencia.

 

El ambiente se tiñó de silencio, pero resonaba más brillante que cuando se había montado en aquel autobús con aquel extraño Buda conductor.

 

– En fin, hemos llegado. Yo le dejo aquí, que tengo mucho por descubrir. ¡Y ándese con ojo, no vaya a ser que se pierda algo mientras vive! 

Con esta frase a las espaldas se bajó del autobús, y al salir tropezó con una chica joven que debía ir con prisa.

 

– Perdón, le dijo él.

– Tranquilo no pasa nada, le respondió ella

 

Y él se dio fijó en que tras la frase había una persona, y tras la persona, una sonrisa. Sonrió y se dio cuenta de que aquella carretera, en ese momento, había cambiado.

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1 comment on “El hombre que perdió sus sueños-MARTES”

  1. Juani

    Ya estoy deseando la entrega del miércoles.

    Si es verdad que vamos tan acelerados, que no nos damos cuenta de lo que hacemos a los demás y de lo que nos pasa.
    Personalmente, me gustaría tener un Buda en mi vida.
    Hoy día, quién no necesita ayuda de uno?
    Besos

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