El Hombre que perdió su Sueño – MARTES OFICINA

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MARTES-Oficina

Salió de aquella cafetería con una sensación que empezaba a resultarle conocida, agradable. Tenía la sensación de que todas aquellas conversaciones con el Buda tenían algo en común: él no era quien las dirigía y al final terminaban en otro sitio muy diferente al que él quería que llegaran.

Caminó bajo un cielo cubierto pero claro. Las nubes alfombraban uniformemente el cielo de color gris plomo, el frío de ese día de invierno no era helador, y que no lloviera le animó de nuevo a volver caminando a su oficina.

Aquella conversación había planteado algo que iba más allá del mero problema al que se estaba enfrentando en la oficina. A fin de cuentas, como le había dicho, sus chicos no eran sus hijos, seguro que tenían muchas más herramientas para salir de aquello que lo que él se pensaba.

Esto le recordó una frase de una película, El Color del Dinero. Justo al final Paul Newman le decía a Tom Cruise, “recuerda que sabes todo lo que te he enseñado, pero no te he enseñado todo lo que se”

Él sentía lo mismo, sentía que con cada una de esas conversaciones aprendía algo, pero que aún le quedaba mucho por descubrir, o por sacar de aquellos encuentros que empezaban a hacerse cotidianamente interesantes.

Pero su preocupación no era esa, era algo más profundo. ¿Realmente estaba persiguiendo en la vida lo que quería o estaba escapando de lo que no quería? ¿Realmente quería aquel trabajo en donde no se dudaba en ponerle en la cuerda floja o quería ver feliz a su familia como ya le había preguntado el Buda en alguna ocasión? No sabía porqué pero aquello empezaba a dar vueltas en su cabeza.

Quizá eran las mañanas tediosas, producidas en una cadena de montaje de autómatas matutinos que salen a hacer lo mismo cada mañana, o quizá sentir que realmente los momentos emocionantes de sus días se los proporcionaban unas conversaciones con un conductor de autobús que llevaba una gorra verde. Pero ahora iba hacia la oficina, y no tenía tiempo de pensar en ello. Quería trazar un plan para perseguir lo que deseaba, lo que quería hacer, lo que….

Algo le vino a la cabeza de sus conversaciones anteriores, algo que el Buda le había dicho,… “no nos deja tomar la distancia suficiente para darnos cuenta de que todos tenemos herramientas que poner en funcionamiento, llámelas ideas, propuestas, voluntad, creatividad, como quiera o todas ellas juntas, que necesitan de un espacio para poder ponerse en juego.”

¡Aquello era! De nuevo no les estaba dejando tomar la distancia suficiente para poner sobre la mesa lo que ellos querían hacer o sabían hacer, de nuevo estaba resolviendo por ellos lo que ellos mismos seguramente podrían resolver. Tenía que quitarse ese hábito, esa costumbre de pensar por los demás, de darles todo hecho. Aquello no les había favorecido en nada, es más, les había llevado donde estaban, precisamente en el corazón de un problema.

 

Determinado a cambiarlo llegó a la oficina y se acercó a Mónica, su mano derecha.

 

– Hola Mónica, buenos días. ¿Podemos hablar un momento?

 

Mónica estaba sentada en su escritorio, revisando la agenda con las llamadas y visitas que tenía planificadas para ese día y comprobando cuánto le quedaba para llegar a sus objetivos. De pronto su cara al oír aquella frase cambió, tomó una expresión entre seria y preocupada.

 

– Sí, claro. Estaba a punto de empezar a llamar para salir en una hora, pero si no es mucho tiempo…

– Bueno, no se si será mucho o poco, eso depende de nosotros. Vamos a salir de aquí y te cuento.

 

Recordó que en algún lugar, un artículo de un periódico, o en un libro, había leído que la creatividad de las personas se disparaba cuando se les sacaba de su ambiente estructurado y establecido. Aquello le había llamado la atención porque parecía que el simple hecho de poner a las personas frente a algo que inspirase creatividad, como una obra de arte abstracto o incluso una figura que rompiera un patrón ya era elemento suficiente para incrementar la creatividad.

Total, mal no nos va a hacer, pensó mientras caminaban hacia la sala de reuniones. Recordaba que allí había un cuadro que se titulaba “El abrazo” de Gustav Klimt y pensó que aquello ayudaría.

 

– ¿Tienes malas noticias? Preguntó Mónica

– No, no, que va. Todo lo contrario. Necesito que me ayudes.

Mónica se sorprendió, pero intentó no demostrar su sorpresa. No estaba acostumbrada a que él pidiese ayuda. Durante todos los años que llevaba trabajando con él se había habituado a que fuese él quien diese las soluciones. No es que fuese un jefe mandón, pero siempre parecía tener la solución correcta, la idea adecuada, la propuesta perfecta,… aunque en ocasiones ella no lo viera del todo así.

Llegaron a la sala y él la invitó a sentarse, casualmente, frente al cuadro de Klimt.

 

– Verás, te he pedido que vengas porque necesito, bueno, quiero que me echéis todos una mano a superar esta situación.

– Bien, dijo Mónica algo más tranquila, ¿y qué quieres que hagamos?

– Bueno, exactamente eso es lo que quiero, que me digáis qué creéis que podemos hacer. Me he dado cuenta de que hasta ahora no se ha hecho nada mas que lo que yo creía que se debía hacer, y que eso es realmente lo que nos ha traído hasta aquí. Pensé que hacía lo correcto haciendo lo que hacía y no me di cuenta de que al final todos vosotros hacíais lo mismo. 

Mónica se quedó sorprendida. Según escuchaba aquellas palabras pensaba que algo había cambiado. ¿Le estaba pidiendo su opinión, a ella, después de tantos años de aprender de él?

– Bueno, no sé qué esperas que te diga. Creo que tu sabes muy bien lo que hay que hacer. Trabajar más duro, echaremos más horas, saldremos más a visitar a los clientes, haremos más llamadas. 

 

Él se quedó callado por un momento. No era aquello lo que esperaba, pensaba que abrir aquella puerta iba a ser sencillo, que las ideas fluirían y que encontrarían soluciones conjuntamente. Pero parecía que aquella puerta estaba más oxidada de lo que parecía. Pero esta vez había aprendido la lección: sabía lo que quería y lo iba a perseguir.

 

– Bueno, verás, estoy seguro de que eso nos ha servido hasta el momento. Antes parecía que simplemente con apretar el acelerador valía, sacábamos las cosas adelante, pero me temo que ha llegado el momento de cambiar. Si hacemos más de lo mismo, obtendremos más de lo mismo.

– Ya, pero no se qué quieres que hagamos ahora. Precisamente ahora que todo va mal es cuando quieres que nosotros saquemos las castañas del fuego?

 

Aquello no estaba saliendo como quería, pero no dejó que su objetivo desapareciera.

 

– No, no quiero que lo interpretes así. No pretendo que vosotros saquéis las castañas del fuego, es como… verás como dice un amigo mío, creo que os he tratado como mis hijos, que os he intentado formar conforme a mi me gustaba que fuerais y que eso no has ha permitido hacer otras cosas y comportaos como realmente podéis. Lo que yo quiero ahora es que entre todos pongamos sobre la mesa todo lo que se nos ocurra.

– Ya, bueno, que nos vamos a sumar a la corriente de la creatividad y la innovación, no? Ahora en mitad del charco nos vamos a cambiar de barco y nos vamos a volver creativos. Pues perdona que te lo diga, pero me parece que lo tienes un poco claro.

 

Llenó sus pulmones de aire que exhaló lentamente. Si aquello estaba yendo de aquella manera con la mejor persona del equipo y con quien más confianza tenía, no quería ni imaginarse qué podría pasar con los demás.

Ella se quedó en silencio, esperando a que él dijera algo. Miró la sala en la que tantas veces había estado, se estiró la falda, miró el cuadro, dio un trago a su café y le dijo.

 

– Mira, esto no es fácil, ni puedes esperar que sea fácil para los demás. Hemos estado tanto tiempo esperando que nos dijeras qué es lo que había que hacer y qué es lo que querías que hiciéramos que no puedes pretender que de la noche a la mañana nos convirtamos en el departamento más creativo e innovador de la empresa, no crees?

 El asintió en silencio. Comprendía lo que le estaba diciendo, pero no quería dejar pasar aquella oportunidad de perseguir el objetivo. Se había propuesto dejar de escapar de lo que no quería que ocurriera y perseguir lo que quería, y no iba a cejar en el empeño tan fácilmente.

 

– Pero mira, si realmente quieres que esto pueda funcionar, dijo Mónica, creo que deberías empezar a cambiar algunas cosas.

– Bien, tu dirás.

– Verás, estoy de acuerdo en que si sólo sabes hacer una cosa y esta no funciona, que te empeñes en repetirla más veces no va a hacer que consigas resultados distintos, pero crear el hábito de proponer, pensar de manera diferente, crear nuevas alternativas no es tan fácil.

– Tomó otro sorbo de café. Él sacó un bolígrafo y se dispuso a anotar en unos folios que había sobre la mesa de reuniones.

 – Creo que lo primero que debes hacer es dar la vuelta a la mesa.

– ¿Perdona?

Sí, me refiero. Ponte ahora mismo en mi situación y dime, ¿qué crees que se puede hacer nuevo o diferente para salir de este estado en que estamos?

Bueno,…., déjame que lo piense. Mañana te contesto y seguimos con ello. Ahora,…vamos a hacer lo que podamos.

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