El Hombre que perdió su sueño – LUNES EN LA OFICINA

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LUNES EN LA OFICINA

Desde el bar donde había compartido sus preocupaciones, su enfado y donde finalmente había visto aparecer en su cabeza una idea diferente a aquellas que le habían estado minando todo el fin de semana y que habían conseguido dar con todas sus ilusiones al traste, hasta su oficina podía elegir entre un autobús que lo dejaba allí en 10 minutos o caminar a buen paso durante unos 25 minutos.

La mañana había amanecido fría, dura, desapacible, pero al salir del bar tan sólo quedaba una fina lluvia, como si fuera el recuerdo borroso y distorsionado de la lluvia que arrebató la luz a la mañana.

Por eso y porque necesitaba tiempo para sí mismo decidió cubrir el trayecto caminando. El frío le hacía andar más rápido y mientras lo hacía pensó que si el tiempo empeoraba ya decidiría lo que hacía.

Comenzó a andar con paso firme, la cabeza ligeramente agachada concentrado en sus pensamientos, las manos dentro de los bolsillos de su abrigo y un atisbo de esperanza en su futuro. Al ritmo de sus pasos, y aprovechando que el mal tiempo invitaba a todo el mundo a guarecerse en autobuses y similares, sus ideas fueron surgiendo fluidamente y desordenadamente.

 

… voy a convocar una reunión nada más llegar…

… tengo que ser yo el que se lo diga… 

… el viernes no pude porque no quería fastidiarles el fin de semana como me lo fastidiaron a mi…

… vamos a cambiar todo…, se van a enterar estos de lo que es un buen equipo trabajando…

… pero ¿por dónde empiezo?…

… me van a freir,… tal y como está todo,… seguro que se desaniman…

… ¡pero que narices! … desanimados no van a ganar nada…

 

Y sus pensamientos continuaron apareciendo y desapareciendo rápidamente, encadenados uno detrás de otro.

 

… bueno, a lo mejor primero tengo que pedir que me hagan una comparativa de ventas de los últimos 9 meses…, en cuanto lo pida van a saber que algo pasa…, me van a freir, con razón,… tal y como está todo…

 

Y continuó pensando, y al cabo de 15 minutos de caminar y pensar se dio cuenta de que el refrán era cierto, al menos en su cabeza, “todos los caminos llevan a Roma, y en mi caso,… ME VAN A FREIR

 

Con ese pensamiento en la cabeza llegó a la oficina. Casi ni se había dado cuenta de lo rápido que había caminado, ni de la lluvia que había comenzado a apretar durante la última parte de su camino, justo doblando la esquina de la calle de la oficina. Recordaba haberse subido el cuello del abrigo en un gesto casi automático y haber apretado aún más el paso. Llegó sudando a la oficina, y cuando se encontró con su equipo para la reunión de los lunes por la mañana se dio cuenta de que aquel sudor no sólo era por su carrera hasta la oficina, sino por lo que le quedaba dentro de la oficina.

Los cinco comerciales de su equipo, “sus chicos” como los llamaba, estaban ya dentro de la sala de reuniones. Sus tazas de café sobre la mesa y la eterna discusión futbolística haciendo peligrar la estabilidad de los vasos de plástico y la integridad de sus trajes como consecuencia.

Entró sin haber preparado nada. No llevaba documentación alguna como era habitual porque para lo que tenía que decir no necesitaba guión. Todos lo saludaron y él devolvió los saludos y las bromas lo mejor que pudo, hasta que uno de ellos preguntó

 

– ¿Hoy improvisas o es que te has aprendido nuestros resultados el fin de semana?

 

Entre ellos comenzaron a saltar las risas, y más comentarios aludiendo a su implicación con las ventas, con la empresa, que parecía más que la iba a heredar que que trabajase para ella.

Él mientras tanto, no sabía cómo hacerlo para detener aquel ambiente festivo, pero lo que tenía que decir no era divertido.

 

– Bueno, venga chicos, empecemos que si no esto se alarga demasiado, dijo mientras se sentaba en la cabecera de la mesa. El equipo terminó de sentarse alrededor de la mesa y descubrieron su gesto adusto.

– ¿Te ha pasado algo el fin de semana? Se te ve preocupado.

– No, no me ha pasado nada,…bueno sí pero no en casa. Es un tema laboral.

– ¿Hay algún problema con algún pedido? preguntó una de las chicas, siempre atenta a los pedidos y los problemas que siempre había con ellos.

– No, no es eso. Son los resultados. Tenemos este trimestre para mejorarlos, es más, para demostrar que podemos ponernos en objetivos.

 

De pronto todos empezaron a intentar dar su opinión: el mercado está muy mal, los clientes no quieren comprar, tenemos unos precios muy caros, la competencia lo hace mejor.

Aquello no le extrañó. Se había oído pronunciar aquellas frases en cada una de las últimas reuniones del Comité de Dirección siempre que le preguntaban por los resultados y porqué los objetivos de venta no se estaban consiguiendo. De pronto se encontró sin argumentos, o frente a sus argumentos. Sentía que el toro estaba a punto de cornearle.

 

– Bueno, vale. Vamos a calmarnos un poco.

– ¿y si no llegamos, qué? preguntó de pronto uno de ellos.

– Eso no puede pasar, respondió, porque vamos a ponernos a trabajar ahora mismo todos como fieras. Vamos a demostrar que podemos conseguirlo y lo vamos a hacer.

– Pues tu dirás cómo, porque hemos estado haciendo todo lo posible- le lanzó su colaboradora más directa, prácticamente su mano derecha desde hacía más de 6 años.

– Pues haremos más. Si hemos estado llamando a 10 clientes por día, llamaremos 15. Si hemos visitado 5, visitaremos 8. Subiremos nuestras ventas promedio…

– ¿Y si no, qué? Aquella pregunta hizo que todos los murmullos se acallaran. La respuesta era clara, conocida, no era el primer departamento en que ocurría, y todos estaban al tanto. Pero nadie quería exponerlo.

– Y si no,…la empresa recortará dos puestos. Ya está, había soltado la bomba y ahora sólo tenía que esperar la onda expansiva.

Sin embargo esta no se produjo. Todo lo contrario, la reacción llegó como las ondas cuando se tira una piedra a un estanque, una tras otra, lentamente, repetitivas, hasta apagarse y dejarlo todo en calma de nuevo.

 

– Estamos jodidos, dijo uno

– Pues tu no te quejes, no tienes niños, que a mi me matan.

– Con lo que hemos hecho por ellos y ahora esto. Más, más, más y si no,.. la patada.

– Lo sabía, es que lo sabía. Lo vienen preparando desde hace tiempo.

– Y tu, ¿lo sabías tu? le interrogó en último lugar su mano derecha.

– NO, respondió tajante. Eso es lo que me ha tenido jodido todo el fin de semana. Y no olvidéis que he dicho que se “amortizarán dos puestos” no que se vayan a amortizar “dos comerciales”, y yo pertenezco al departamento tanto como vosotros.

Sus caras se quedaron serias, muy serias. Se hundieron en sus pensamientos, en su nada halagüeño futuro. Todos sus miedos, sus males, acudían a la reunión sin estar invitados.

Sintió que tenía que hacer algo, que tenía que decir algo. No podía dejar que aquel espíritu y aquel ambiente se impregnase en ellos y sólo se le ocurrió repetir algo que le habían dicho esta mañana.

 

– Bueno, ¿estaréis contentos, no?

A lo mejor el tono no fue el mismo, y sonó menos serio y formal de lo que pretendía. A lo mejor es que no había elegido el momento adecuado y se había adelantado, o retrasado. Lo mismo es que no se lo había dicho mirándoles a los ojos, pero el caso es que la reacción no fue ni mucho menos la esperada.

 

– SI, mira como me río, jajaja. ¿Pero tu de que vas tío? ¿Encima tonterías? La madre que……

– Contentísimo, estoy contentísimo. Salto de alegría. Se va a poner de contenta mi mujer cuando vuelva esta tarde a casa y se lo diga…, ¡vamos de un contento que estoy por invitar a los amigos a cenar!

– Nada, otra de estas y de lo contento que me pongo me meo encima de la risa que me da.

– Lo sabía, sabía que me iban a freír, pensaba para sí mismo mientras le caía aquel chaparrón, el segundo de la mañana, pero del que no podía esconderse. Lo único que le quedaba era quedarse allí, aguantar la tormenta y salir lo menos tocado posible.

 

– Bueno, ya está bien. Aquí parados no vamos a hacer nada, dijo otro de ellos, quizá el que menos había hablado, el más callado. ¿Qué te han dicho que quieren que hagamos?

– Nada, no han dicho nada. Tan solo que tenemos tres meses para mejorar los resultados,…y que confían en nosotros para conseguirlo.

 

Nada más decirlo se arrepintió, porque aquello fue el chupinazo de salida para otra carrera de quejas, reclamaciones, insultos e imprecaciones.

 

Lo sabía, se repetía, sabía que me iban a freír. Pero esta se la devuelvo yo al Buda de los…, vamos si se la devuelvo. Mañana mismo se lo suelto en la cara. Para qué le habré hecho caso.

 

La reunión terminó ahí. El día pasó con silencio en las mesas, murmullos en los pasillos, llamadas privadas desde los móviles, mucha actividad pero quizás no de la mejor calidad.

 

Mañana me oye, se marchó repitiéndose por la tarde. Mañana cuando me lo eche a la cara me va a oír. A santo de que meterme pájaros en la cabeza,…ahora que, el tonto soy yo, por creerle. Una y no más, Santo Tomás.

 

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