El hombre que perdió su sueño-JUEVES

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Acababa de llegar a la parada del autobús cuando este apareció doblando la esquina, como si hubiera estado allí esperando. Se extrañó un poco porque visto lo que le había ocurrido el día anterior hoy se había apurado y había llegado antes de lo normal a la parada.
Las puertas del autobús se abrieron y casi sin mirar empezó a subir los escalones. De pronto y sin saber muy bien porque, antes de terminar de subir levanto la cabeza y se extrañó de no ver al Buda allí. Se quedo parado y descendió el escalón que había subido para asomarse al lateral y comprobar si aquel era realmente el autobús que debía tomar.
Efectivamente lo era, pero…

Va a subir? Pregunto el conductor nervioso
Perdón, pero… No había terminado de hablar cuando las puertas se cerraron delante de el y este se lanzó en una carrera desesperada para alcanzar el semáforo que estaba a unos 60 metros y conseguir cruzarlo justo cuando se ponía en rojo.

Pero que tipo más borde, dijo en voz alta. Seguro que lleva a la gente dentro del autobús como si fueran pelotas de pimpón dentro de una lavadora centrifugando.

Pero bueno, ¿porque no me he subido? Pensó mientras se sentaba en la parada a esperar. Pues con el frío que hace esta mañana más me valdría haberme subido. Bueno, tengo por seguro que vendrá otro, de modo que…¿cómo me dijo el hombre este ayer? Intentare hacer que no me salga humo por la nariz, y esbozo una amplia sonrisa que permaneció durante unos segundos en su cara.

Realmente las conversaciones con aquel curioso conductor de autobús no le iban a cambiar la vida, pero tenía que reconocer que el trayecto se le hacía mucho más ameno. ¿Qué le habría pasado para no ir hoy en el autobús? Seguramente sería su día libre.

Mientras pensaba esto, otro autobús dio la vuelta a la misma esquina, pero este parecía ir recreándose en cada metro que le separaba de la parada. Antes de llegar distinguió una gorra verde, y sin saber porque sintió que su estado de ánimo cambio.

Al abrirse las puertas, miro hacia adentro para comprobar lo que ya sabía. El Buda estaba allí, esperándolo bajo su gorra verde y su sonrisa sincera como saludo.

– Hoy el que le ha estado esperando he sido yo, le dijo
– Ah, pensé que eso es lo que hacia todos los días, respondió el Buda con curiosidad.
– No, me refiero a que antes que usted ha pasado otro autobús y no me he subido.
– Hombre, el gesto se agradece caballero. No todos los días a uno le dan noticias tan agradables, le respondió el Buda mientras ponía de nuevo en marcha el autobus tras cerrar las puertas y su cara se hacía aún más ancha con lo que ahora si que era una sonrisa de esas que enseñan los dientes.

Se sentó en su sitio y miro hacia adelante. El semáforo estaba en verde, pero el autobús no aceleraba. Cambio a ámbar y fue aun más lento. Finalmente se puso en rojo y aún así, continuo a la misma velocidad hasta detenerse.

– Vaya, se nos cerro el semáforo.
– No, respondió el Buda
– ¿Ah, no?
– No. Yo he dejado que se cierre. El compañero que va delante, ese con quien usted no ha querido montar va tarde, y si llegamos juntos o lo adelanto se meterá en problemas. Por eso hoy vamos a ir más despacio.

Aquello no le sentó nada bien. Se había levantado antes, había hecho un esfuerzo por salir de la cama rápidamente aún a pesar del frío que hacia, había salido a la calle antes de tiempo y había planeado tomar un buen café en el bar junto al trabajo antes de comenzar el trabajo. El había hecho todo lo que debía hacer y ahora porque alguien no había cumplido su parte, porque había llegado tarde a su trabajo el tenía que perder todo aquello.

Bueno, es un detalle, pero a lo mejor los demás si que queremos llegar a tiempo al trabajo.

El Buda giró la cabeza y lo miro sin disgusto, con interés. Sus ojos se hicieron un poco más pequeños, como ajustando la vista para intentar ver algo de forma más nítida. Se quedo mirándole a los ojos un par de segundos y retomo su postura.

– Perdón si le ha molestado. Entiendo que es su compañero, pero comprende que las cosas no son así.
– Ah, ¿y cómo son según usted las cosas?
– Bueno, convendrá conmigo que si todos hiciésemos lo que nos corresponde el mundo funcionaria mejor.

Una risa fue la respuesta que encontró. Tras ella un incómodo silencio y como colofón un lacónico, pues no. No convengo.

La situación parecía ir a ponerse tensa, y ahora se arrepentía de no haber tomado el autobús anterior. No habría tenido conversación, aunque para la que iba a tener casi mejor; habría llegado a tiempo y habría podido tomar su café como pretendía. Si, el viaje habría ido de un lado al otro del autobús, pero al menos no se habría sentido tan incómodo como se sentía ahora.

Acérquese un poco, le dijo el Buda en voz baja, sin mirarle y haciéndole un gesto con la cabeza como queriendo tirar de el.

Se inclinó hacia adelante sin llegar a levantarse y se quedo mirando.

– Esta mañana, empezó el Buda en voz baja, cuando nos hemos juntado en las cocheras me ha comentado que esta noche había sido horrible. Su hijo pequeño ha estado con mucha fiebre y han incluso que bañarlo con agua fría o algo así me ha dicho. Al final el médico ha ido a su casa y han tenido que ponerle una inyección para que le bajará la temperatura, pero han tenido que esperar despierta porque si no le bajaba tenían que ir al hospital. El muchacho se ha quedado dormido 20 minutos y ha llegado tarde. Por eso va tarde.

Ahora si que se sentía mal. Comprendía totalmente lo que contaba. El mismo se había visto en situaciones similares y sabía muy bien lo que se sentía en esos momentos de angustia, de impotencia, de preocupación. Era normal que se hubiera mostrado así.

– Vaya, lo siento mucho.
– ¿Lo comprende ahora?
– Si, por supuesto que lo entiendo. Sigo admirando su compañerismo y supongo que al final no llegaremos mucho más tarde.
– No, claro que no. Pero el muchacho…
– Si, si. Lo entiendo. Perdone. ¿Y al final en que acabo a cosa?

El Buda lo miro con seriedad, suspiro profundamente, hinchándose como si fuera a estallar y respondió ¡No tengo ni idea!

La respuesta le dejo un poco sorprendido.

 – ¿Pero no le ha dicho que ha pasado con su hijo?
– No, es que no tiene hijos, le respondió mientras le miraba con una sonrisa. Pero eso a usted no le es impedimento para cambiar su opinión con respecto a lo que ha ocurrido. ¿Se ha dado cuenta como después de todo somos nosotros mismos los que elegimos como encontrarnos? Usted decidió hoy esperar para tomar este autobús, y eso no le supuso un problema por mucho que le retrasara, porque a fin de cuentas era una decisión suya. Pero cuando pensó que el retraso iba a deberse a algo ajeno a usted se sintió mal. Y dos minutos después su enfado se convirtió en comprensión tan sólo porque tenía otra historia en su cabeza que hacia que el resto de cosas fuesen menos importantes. Al final, cada uno de nosotros elige como quiere sentirse y muchas veces depende tan sólo de la historia que nos contemos.

Después de aquello no sabía si molestares por haberse sentido engañado, si alegrarse porque no hubiera habido niño enfermo o si agradecer que el trayecto hubiera terminado porque eso le evitaba tener que tomar una decisión. Pero si que tenía clara una cosa, fuera como fuera necesitaba una historia que contar al llegar a trabajar, porque hoy llegaba tarde.

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