El hombre que perdió sus sueños-LUNES

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LUNES

Sentado en la parada del autobús, parapetado contra el cristal y blindado bajo el cuello de su abrigo y con los ojos entrecerrados para evitar que el aíre gélido de aquella mañana le hiciera llorar, quizá por frío quizá por el peso de sus pensamientos.

El autobús irrumpió en su país de ensueño rompiendo la oscuridad generada por la cortina de lluvia, pero ni su bramido ni sus luces que recortaban su sombra sobre el cristal parecieron ser suficiente para sacarlo.

Las puertas se abrieron, una mujer subió rápidamente al autobús. El se levantó sin prisa, con los ojos mirando al frente, pero la vista puesta en ningún lado. La lluvia calló sobre él mientras salvaba la distancia que había entre la marquesina y la puerta. Un metro escaso fue suficiente para que su cabeza quedara empapada y por los hombros de su abrigo gris se deslizasen gotas de agua que dejaban su camino de descenso trazado sobre él.

 – ¿Buenos días o sólo días? preguntó el Buda sin sorna.

Levantó la mirada, pesada y lenta como el que lleva viviendo toda la eternidad e intentó copiar de nuevo aquella sonrisa italiana que la semana pasada pudiera poner sobre su cara.

– Días, dejémoslo en días.

– Hombre, ya sabía yo que hoy iba a tener usted mal día.

– Ah, ¿si? preguntó sin interés, por una educación interiorizada de buenas formas y maneras para con los demás aunque realmente el cuerpo y el alma te reclamen silencio a gritos en tu interior.

– Si, claro. Usted es la persona que tiene los lunes malos, y el viernes no le vi. De modo que hoy le tocaba un lunes aún peor que los demás. Y este tiempo no es que ayude mucho cuando uno no encuentra su espíritu ni debajo de las zapatillas, ¿verdad?

Desvencijado sobre su asiento, el mismo asiento desde hacía ya una semana, el mismo lugar desde el que aprendiera a respetar los comentarios de aquel hombretón tocado con una gorra verde, miró aquella cara pegada a una voz y ni tan siquiera encontró fuerzas en su interior para oponerse a su pregunta.

 

– Pues sí, fue un mal viernes, que sirvió de locomotora a un horrible fin de semana que desembocó en este lunes,… y allí quedó callado de nuevo, silencioso dentro de sí mismo.

 

El Buda, aprovechando el semáforo se giró y en medio de aquella ventosa mañana miró cálidamente a su compañero de viaje y negó con la cabeza despacio, con cuidado.

 

-Verá, le voy a proponer una cosa. Me han cambiado el turno de viajes, y justo al terminar este tengo 30 minutos de descanso. Si es capaz de encontrar el tiempo y el ánimo necesario le invito a tomar un café.

 

Quizá fuese porque necesitaba hablar con alguien, quizá porque tampoco tenía ganas de inventar una excusa, quizá porque no sentía deseo alguno de que aquel día siguiera avanzando, quizá porque realmente quería hacerlo, pero de una u otra manera, aceptó.

Desde ese momento en adelante no volvieron a cruzar palabra. El Buda en su conducción, leyendo el tráfico y la carretera y aprendiendo de los demás. Él con la mirada fija en el suelo, la cabeza gacha, las manos cruzadas sobre sus piernas, apoyadas en un abrigo que ni tan siquiera se había molestado en quitarse y con su mente rebotando de pensamiento en pensamiento.

Cuando llegaron al final de la línea, la última parada en la que durante toda la semana anterior se habían separado cada mañana menos la del viernes, ambos se bajaron los últimos. El Buda apretó un botón semiescondido en el frontal del autobús, las puertas se cerraron con el suspiro de un caballo cansado que, sabedor de haber terminado su ruta temporalmente se dispone a descansar sin problemas.

Ambos comenzaron a andar, el Buda calándose la gorra hasta las cejas para que su visera evitar que el agua de la lluvia le llegara a la cara, y él con las manos en los bolsillos y los hombros, al igual que su espíritu, rígidos y encogidos.

Seguía los movimientos pausados del Buda justo a su lado. Ni tan siquiera había preguntado dónde iban, pero es que en realidad tampoco le preocupaba. Pronto llegaron a una cafetería que a aquellas horas de la mañana ya se encontraba repleta.

Hombres que se dirigían a su trabajo y que aprovechaban mientras esperaban su autobús para tomarse un rápido café o una copa de anís mañanero; grupos de dos o tres mujeres que junto a la barra apuraban un café en vaso y unos churros compartidos y que comentaban todo lo que les habría gustado hacer el fin de semana y no habían podido por haber tenido que hacer todo lo que no les gustaba; estudiantes apoyados en sus libros y absorbidos por un teléfono que los transportaba lejos de allí, con otras personas, con otros intereses, con otros sueños.

 

– Aquí parece que hay mucha gente, dijo él, quizá sería mejor que lo dejáramos para otro día.

– Usted no se preocupe por eso y sígame que yo se lo que hay que hacer. 

 

Según caminaban hacia el fondo de la barra, abriéndose paso entre aquel micromundo, se detuvo, captó la mirada del camarero más mayor, y le hizo una seña con la mano levantando dos dedos. El camarero asintió con una sonrisa y se lanzó a su trabajo de nuevo.

Siguieron esquivando churros, lineas telefónicas, libros y sueños hasta llegar al final de la barra. En un espacio en que había un letrero que avisaba en silencio “Reservado para Camareros” se detuvieron y el Buda se quitó la gorra.

 – No creo que nos dejen estar aquí, le dijo, es para los camareros, por eso está vacío.

 

No había terminado de decirlo cuando el camarero apareció con una sonrisa y dos tazas de café. Las dejó frente a ellos y dijo:

 

– Aquí mi gran amigo, enfatizando ese gran hasta que llegó a ser el verdadero protagonista de la frase, ya se que se lo toma solo, aunque hoy viene acompañado, y el Buda y el camarero se rieron al unísono. Pero usted, ya me dirá, aunque no creo que más de 1,75 diría yo, y de nuevo ambos volvieron a reir. Él no encontraba la gracia por lado alguno a chistes tan malos y manidos, pero entre sus compañeros de barra parecía existir una camaradería que traspasaba el mero sentido de las palabras.

 

– Con leche por favor, y la leche templada, gracias.

– No hay de qué. ¿Algo para comer? intentó el camarero

– No, gracias. Para mi no.

– Yo ya sabes que tampoco mi viejo amigo, paseando «viejo» como si fuera un saco lleno de trigo. Quiero conservar la línea, y si sigo engordando me la van a quitar por no caber en el autobús.

De nuevo aquella risa que esta vez se acompañó de unas palmaditas en el hombro acolchado del Buda.

Cuando aquella liturgia parecía haber tocado a su fin, el Buda se giró y casi sin solución de continuidad y con una mirada interesada y un gesto sobrio le lanzó:

-Ve lo que le había dicho, Un poquito de gestión de influencias resuelve casi todo. Si sabes a quien acudir en el momento adecuado y estás dispuesto a hacer lo mismo. Todos lo hacemos alguna vez, ¿verdad? dijo mientras guiñaba un ojo. Una mesa en un restaurante que se saca para unos amigos porque conoces al dueño, un trato más amable en un hospital porque tu suegro es médico,…, todos utilizamos nuestras influencias siempre que podemos en la medida que podemos. Y ahora, cuénteme, y no se deje detalle que el tiempo da para mucho cuando uno se concentra en lo que quiere contar.

 El café formaba un pequeño remolino enturbiado en su taza mientras la cucharilla giraba en un tiovivo sin fin. Cada vuelta parecía que servía para que la madeja de sus pensamientos se fuera deshilvanando y así poder encontrar por dónde comenzar.

Tomó aire, como aquel lunes ahora tan lejano y comenzó a hablar.

 

– Le contaré la historia resumida. El viernes no me vio porque me habían puesto una reunión en la oficina que debía empezar muy temprano, de modo que decidí marcharme en mi coche. Casi no había terminado de quitarme el abrigo cuando me llamaron porque iba a comenzar. Tampoco esperaba nada especial, tan sólo que terminase el viernes para poder descansar, estar con mi familia, pasar algo de tiempo con los amigos, en fín, nada especial.

– Nada especial para usted, porque todo ese plan serían unas vacaciones para otras personas, no lo olvide, y dió un breve sorbo a su taza de café.

En aquel momento aquella reflexión no le sirvió de mucho, chocó contra su indiferencia como las gotas de agua contra el suelo mojado, disolviéndose sin dejar rastro de la fuerza de su impacto.

 

– Aquella reunión fue muy breve. Lo que tenían que comunicarme era sencillo: o mi departamento y mis chicos mejoraban sus cifras de venta durante el primer trimestre del año o la empresa se vería obligada a despedir a dos de las personas del departamento, no necesariamente comerciales. ¿entiende lo que quisieron decir?

– Si, claro. Cualquiera que sepa escuchar lo entendería, y supongo que usted se alegraría, ¿verdad?

Levantó la vista hasta encontrarse con la cara del Buda. Esperaba encontrar un atisbo de ironía, o de desinterés, pero se encontró con una cara que realmente lo miraba intrigado, como cuando alguien espera que le confirmen algo que resulta a todas luces evidente y su interlocutor no se ha percatado todavía. Esa expresión entre ilusión y nerviosismo, como cuando ves que un niño está a punto de descubrir cómo se soluciona ese problema que tanto trabajo le costaba entender.

 

Perdone, pero cachondeos los justos, contestó de mal humor. Que falta de respeto por parte de aquél tipo. Cómo podría haber ni tan siquiera pensado que contarle sus problemas a un conductor de autobús podía servir para otra cosa que no fuera perder el tiempo, por mucho que fuera un conductor curioso y particular, con una forma especial de ver y comprender las cosas.

 

– Ni lo intentaba ni lo intentaré, tan sólo pensé que lo habíamos visto de la misma manera.

– Pues usted dirá qué otra manera hay de verlo. Si en menos de tres meses los resultados no mejoran dos personas de mi departamento, a las que aprecio, e incluso podría ser yo mismo una de ellas estarán despedidas. Tal y como están las cosas ya me dirá usted como lo vamos a entender.

– Bueno, dijo con calma y sin dejarse llevar por el torrente de adrenalina que acababa de brotar delante de él. Verá, para mi, si las cosas no han ocurrido aún, es que estamos de suerte, porque aún podemos hacer algo. Y eso es para alegrarse, ¿verdad?

– Verá, las cosas no mejoran así como así. ¿Es que todos ustedes se piensan que el equipo que dirijo se está tocando las narices? Que las cosas están muy mal ahí fuera, que hay que salir a la calle con ellos como salgo yo para saberlo, vivirlo y mamarlo.

– Quizá ahí radique su problema, dijo el Buda mientras pedía su segundo café.

– ¿Dónde, en salir con ellos? ¿En acompañarlos? ¿En apoyarlos? ¿Ese cree que es mi problema? Que equivocado está, como se nota que no ha trabajado en este terreno. Si no estuviera con ellos las cosas serían aún peor. Llevo con todos ellos desde que empezaron y los conozco como si fueran mis hijos.

– Ve, ahí tiene. El segundo problema.

– ¿Segundo? ¿De qué problema me habla? le lanzó retador, irritado. Necesitaba alguien con quien poder descargar todo lo que no había contado durante el fin de semana en casa y aquel era un perfecto sparring.

– Verá, deje que le pregunte unas cosas para intentar entenderlo mejor.

– Todas las que quiera, porque dado su punto de vista creo que va a necesitar más de una.

– Bien, si es así, tenga paciencia conmigo. No siempre las aproximaciones más rápidas son las más satisfactorias, ¿no cree? y le guiñó un ojo cómplice. 

– Me ha dicho que siempre sale con ellos, que siempre los ha acompañado, que siempre los apoya e intenta compartir sus problemas y preocupaciones, ¿verdad?

– Cierto

– ¿Y eso dónde los ha llevado?

– A que todos ellos crecieran, que aprendieran todo lo que yo sabía, que vieran cómo se hacían las cosas, y mal no nos ha ido porque hasta la fecha todo ha funcionado a la perfección, contestó rápidamente un discurso repetido durante todo el fin de semana.

– Es decir, que están donde están porque han hecho lo que han hecho, ¿cierto?

Por un momento la respuesta que tenía amartillada en su garganta se encasquilló. Sus cejas se enarcaron en una expresión de incredulidad y su boca se contrajo duramente. En su cara se había modelado una dura respuesta. Pero nada salió de su boca. Tomó su taza de café dispuesto a bebérselo de un trago y marcharse de allí, pero mientras lo hacía el Buda volvió a hablar.

 -Verá, muchas veces, como usted dijo, tratamos a la gente que nos rodea como a nuestros hijos, pensando que estamos haciendo por ellos y por nosotros lo mejor que podemos y sabemos hacer. Pero eso no nos deja tomar la distancia suficiente para darnos cuenta de que todos tenemos herramientas que poner en funcionamiento, llámelas ideas, propuestas, voluntad, creatividad, como quiera o todas ellas juntas, que necesitan de un espacio para poder ponerse en juego. Nos convertimos en verdaderos miopes relacionales, y cuando alguien viene y nos pone unas gafas como las que le pusieron a usted el viernes entonces toda la realidad cambia de pronto y necesitamos justificar lo que veíamos para que los demás nos comprendan. Pero es imposible que un miope transforme en miope a otra persona sólo por contarle su forma de ver la vida.

 Dejó su taza sobre el plato. Metió la mano en el bolsillo y sacó un billete que puso sobre el mostrador. Mirando al camarero le hizo una señal para que se cobrara y este asintió con la cabeza. Mirando aún al horizonte del mostrador respondió

-Si no los hubiera enseñado todo lo que se, no habrían llegado donde han llegado.

-Exactamente, pero ¿seguramente?

-No le entiendo

-Quiero decir, que han llegado exactamente donde usted y su buena voluntad les ha llevado pero, ¿sabe seguramente si habrían llegado al mismo sitio si usted no los hubiera guiado hasta allí?

-Probablemente no. Seguramente más de uno no estaría hoy en la compañía. Y en ese momento su gesto cambió como si el café hubiera activado todas sus neuronas. ¿De modo que el resultado va a ser el mismo hubiera hecho lo que hice o no?

-Nunca lo sabremos, respondió el Buda. Pero lo que si tenemos claro es que esa forma de comportarse les ha puesto donde están ahora. Mire, tan sólo nuestros hijos necesitan de toda nuestra protección, e incluso ellos necesitan de vez en cuando que los dejemos equivocarse. Si no lo hacen, nunca aprenderán a corregir sus errores. Si no nos ven a los adultos discutir y resolver las discusiones nunca aprenderán que se puede disentir sin herir y crecer al mismo tiempo, si los forjamos a imagen y semejanza nuestros, cometerán nuestros errores y al final hacemos cierta la frase de Benavente “Bienaventurados mis imitadores, porque de ellos serán mis errores”

 De pronto todo se había dado la vuelta. Durante todo el fin de semana había estado sufriendo la situación desde un papel de víctima, desde el papel de la persona que se siente herida y acorralada y que reacciona buscando fuera de sí al culpable, sin darse cuenta que esa misma posición le colocaba en la postura del que no puede hacer nada por no haber sido responsable de nada.

 Miró su reloj, y le dijo: es muy tarde, me esperan en la oficina. Tengo que marcharme. Un placer. Y comenzó a andar. De pronto se detuvo en seco, se giró y tendió la mano al Buda. Éste la apretó con fuerza abarcándola entera. “Muchas gracias. Ahora tengo cosas que hacer. Espero poder compartir otro café mañana

-Será un placer, dijo el Buda, siempre que usted quiera y que me deje pagar a mi.

 Le devolvió una sonrisa, y salió de allí alzándose el cuello del abrigo sobre sus hombros relajados.

 

 

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3 comments on “El hombre que perdió sus sueños-LUNES”

  1. Javier Rubio

    Gracias Juani. Me alegro de que te gusten. Seguiré escribiendo mientras los personajes quieran seguir vivos y su historia pueda ser de utilidad para los demás.
    Un abrazo y gracias por tu comentario.

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