¿Todo vale en el mundo 2.0?

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Que vivimos en un mundo cada vez más marcado por la tecnología lo sabemos todos y nos damos cuenta de ello.

Que la velocidad a la que avanzan las tecnologías supera muchas veces nuestra capacidad de asimilación y nuestra necesidad de utilización, también lo sabemos todos. Sólo hay que ver la cantidad de opciones, gadgets, alternativas que vienen insertas en cada smart phone y contabilizar cuántas de ellas utilizamos. La mayor parte de las veces, más allá de llamar (evidente), hacer alguna que otra foto y whasapear o messengear, o twittear no hacemos mucho más, y las tres últimas no son funciones del teléfono.

Las tecnologías e internet llegan a todos los sectores, aunque algunos como las editoriales, el cine y la música sigan intentando anclarse en un sistema generador de fondos arcaico y absolutamente de espaldas a la tecnología y al avance de todos los días.

Era en 1995 cuando llegaba a España la banca online. Muchos, como cuando se sustituyó la grasa de ballena por petróleo para alumbrar las calles, auguraron que ese sistema no tenía futuro (gurús o gurúes, no se cual sería el término aceptado, creo que los llamamos ahora) Y sin embargo ahora, hay bancos en donde el 98% de las transacciones de sus clientes se realizan por internet. En esa transición, hubo muchos cambios que asimilar, muchos miedos que vencer, muchos cambios de paradigmas que realizar, muchos emprendedores arriesgados que decidieron sumarse a la tecnología imperante. Estoy seguro que en aquellos comienzos hubo análisis y estudios para todos los gustos.

Pero ¿aquellos laureles auguran futuras victorias? No siempre. ¿Alguien recuerda el esperanto? Aquella lengua única y europea que nos iba a unir a todos,… O quizá recordemos también la apuesta Toshiba y Nec por lanzar el primer DVD-HD que ganó Sony con su Blu-Ray, y así podríamos seguir con algunas ideas más.

Durante muchos años, desde el ámbito de la psicología y desde el entorno de las organizaciones se han venido desarrollando esfuerzos por profesionalizar los procesos que se llevan a cabo durante una selección. Se pasó de la mera entrevista personal, a la utilización de Cuestionarios provenientes de entornos clínicos, a la «adaptación» de estos cuestionarios al entorno empresarial, y de aquí a la creación de Tests y Cuestionarios de Personalidad Laboral diseñados exclusivamente por y para el mundo empresarial.

Tras estos avances, también las compañías se sumaron a la tecnologización de sus instrumentos. Capacidad para responder los cuestionarios online, disponibilidad absoluta en cualquier lugar del mundo a través de internet de los mismos, diferentes idiomas de aplicación y de realización de informes, etc.

Ahora, se está intentando dar un paso más con la tecnología 2.0, o 3.0 que ya no se por cuál andamos. Ahora, la búsqueda de información por parte de las empresas cuando inician un proceso de selección se realiza en redes sociales. Algunas de ellas tienen un marcado carácter empresarial, como LinkedIn, otras comenzaron con un gran carácter social pero intentan su salto el terreno empresarial, como Facebook. Y esta evolución lleva a ciertos derroteros que me parecen más que arriesgados.

Ayer retwiteaba (si es que se escribe así) un vínculo a un estudio desarrollado en Estados Unidos (¡como no!) según el cual la capacidad de predicción de éxito de una persona en un puesto de trabajo es mayor si se utiliza una revisión de su página de Facebook que si se realiza con tests e instrumentos de evaluación. Además, no pensemos que el análisis de las páginas de Facebook conlleva una preparación exhaustiva o un curso de especialización en redes sociales. Al parecer con una charla de 15 minutos y unos datos, cualquier persona puede analizar una página y predecir este éxito.

Además, no contentos con quedarnos aquí, el estudio pone en cuestión la validez de los Tests de Selección porque dice que son «altamente falseables» , eso sí, insiste en que se pida permiso al candidato para revisar su página no vaya a ser que violemos su intimidad y nos denuncie.

Tenemos que andarnos con cuidado, no todo vale en el mundo 2.0 o 3.0 y corremos el riesgo de generalizar con ciertas opiniones lanzadas por profesores estudiosísimos de altas esferas académicas de grandes países unas ideas que, amén de ser altamente discutibles pero aplicables, no están basadas en hechos contrastados. A saber:

  • Hace muchos años que los Cuestionarios de Personalidad Laboral tienen escalas y elementos capaces de medir la «distorsión» por parte del candidato de sus respuestas, basándose en un patrón o perfil estandarizado y analizado estadísticamente de las respuestas dadas. ¿Acaso mi página de Facebook no es incluso mucho más falseable? Tanto más si se que se va a utilizar por parte de un departamento de selección puesto que, para evitar mi denuncia, previamente me ha pedido permiso de utilización
  • Cualquier persona que haya estudiado un poco de estadística, y de esto saben o deberían saber los psicólogos, sabe que el tamaño muestral es básico para el desarrollo de un Test o Cuestionario. A nadie se le ocurriría, espero, lanzar uno de estos instrumentos basándose en un «estudio» desarrollado sobre 26 personas, como es el caso del referido.
  • Y finalmente, una correlación no indica causalidad. Sería necesario conocer cuáles son los elementos de medida, el cuestionario de Valoración del Desempeño utilizado, la «inferencia» que se hace de las medidas, etc.
En definitiva, sin querer dejar de lado y a la espera de la publicación del estudio que seguiré de cerca, que la automatización o la tecnologización de los procesos no nos puede llevar a pensar que, todo lo que se hace en internet o a través de internet vale. Que hay que poner  más cuidado en desestimar ciertos métodos de Selección y de Evaluación mucho más profesionales que revisar una página de Facebook. Y que, siendo mal pensado, … ¿a quién beneficia este estudio más directamente?
«¿Por qué esta magnífica tecnología científica, que ahorra trabajo y nos hace la vida mas fácil, nos aporta tan poca felicidad? La repuesta es está, simplemente: porque aún no hemos aprendido a usarla con tino.» A. Einstein
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