Tu cerebro cambia,…¿por qué tu no?

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Los últimos estudios demuestran que ciertos cambios de hábitos, de costumbres, incluso de forma de pensar resultan beneficiosos tanto psicológicamente, llegando a incrementar la plasticidad cerebral o la generación neuronal, como fisiológicamente, incrementando incluso nuestras defensas frente a enfermedades.

Inicialmente los cambios que habría que hacer no son grandes cambios, no consiste en cambiar nuestra vida radicalmente, sino introducir nuevas y pequeñas pautas en nuestra dinámica diaria, practicarlas y ejercitarlas.

Entonces, si todos conocemos los beneficios de este tipo de cambios ¿porqué no lo hacemos, o porqué multitud de personas encuentran tan difícil ponerlo en funcionamiento?

Durante muchos años y desde que en 1864 Broca identificara el área del cerebro que lleva su nombre y en la que se localizaba la producción del habla, la configuración de las funciones cerebrales siguió un modelo “locacionista” según el cual cada área del cerebro se encargaba de unas funciones y sólo de esas funciones.

Esta visión dio paso a la generalización y los diversos factores de la personalidad se encontrarían en ubicaciones especiales y localizadas aunque más difusas, por lo que al igual que cuando un área cerebral dejaba de utilizarse, esta pasaba a ser “no funcional”, cuando la personalidad se “formaba” ya no había mucha manera de cambiarla.

Por eso se pensó durante mucho tiempo, y a la mayoría de las personas que no quieren cambiar les vino muy bien, que no se podía cambiar. Igual que un área motora podía pasar a ser disfuncional o no funcional, un área comportamental se generaba durante la infancia y la adolescencia y ya no podía modificarse.

Afortunadamente, los últimos avances en neurocirugía que permiten identificar la activación o desactivación de una sola neurona, nos están demostrando que existe una plasticidad cerebral que hace que nuestro cerebro, a falta de espacio para crecer, haga que las áreas cerebrales que se creían especializadas para un tema específico se hagan cargo de funciones que no son las suyas.

Por ejemplo, funciones como la visión que se creía exclusivamente vinculada a impulsos eléctricos emitidos por el nervio óptico a través de los ojos, se están derivando a través de impulsos táctiles para “crear una nueva visión” capaz de reconocer, incluso, rostros y diferenciarlos.

A partir de este principio, que en 1960 ya publicó en la revista Science el neurólogo Paul Bach-y-Rita comentando sus experimentos con invidentes y la máquina, gigantesca, que había desarrollado, se ha desarrollado por parte de un equipo de la Universidad Complutense de Madrid un dispositivo mucho más eficiente que el de Bach-y-Rita (\»Visión\» para invidentes)

Esto nos ofrece la libertad y la posibilidad de cambiar, de pensar y creer que nuestro cerebro no está predefinido para siempre, que es flexible y que, por lo tanto, todas las conexiones que conforman nuestras respuestas conductuales aprendidas pueden ser “re-escritas” sin importar la edad que se tenga.

Pero, entonces, ¿porqué nos cuesta tanto cambiar?

Primero, porque no abandonamos nuestros contextos, nuestros entornos, y por eso el cerebro sigue manteniendo la “ilusión” de que “es como hay que comportarse” (Contexto y Engaño Cerebral) y segundo porque según recientes descubrimientos existe un proceso de “plasticidad sináptica” que hace que nuestras conexiones se hagan más fuertes cuanto más se las utiliza.

De esta manera, cuanto más ejecutemos un comportamiento, aunque este sea contrario a lo que normalmente hemos hecho, más posibilidad neuronal tenemos de afianzarlo y hacerlo cotidiano. Eso sí, cuesta un esfuerzo, y en la sociedad del éxito rápido esto parece ser incomprensible.

Y segundo porque las sinapsis no utilizadas, o que han pasado a ser obsoletas, no desaparecen, sino que quedan formadas, latentes, y dispuestas para renovarse más rápidamente de lo que se forman las nuevas conexiones neuronales. Por eso la recaída comportamental es mucho más rápida que la creación de un nuevo comportamiento.

Por ello, para incrementar el éxito de un cambio en las conductas o en los pensamientos  que no son mas que el motor, o el reflejo, de las conductas(¿actúo como pienso o pienso como actúo?), es necesario:

  • Mantener la conducta que hará cambiar nuestra forma de pensar durante un periodo largo y de manera continuada y constante
  • Contemplar el entorno en el que esta conducta o pensamiento se desarrolla como una limitación, e intentar desarrollar la conducta en entornos “seguros” para afianzarla antes de implementarla en el entorno anterior
  • Contar con la ayuda de un observador externo que nos facilite ver las “trampas” de nuestro propio cerebro
  • Tener siempre en cuenta que la conducta aprendida en primera instancia siempre está al acecho, pendiente de que bajemos la guardia para reinstalarse, y que nuestra mente para seguir el principio de mínimo consumo, intentará re-elaborar las sinapsis más que crear nuevas, es decir, utilizar los caminos que ya conoce en lugar de descubrir nuevos.

En definitiva, PODEMOS cambiar, siempre que QUERAMOS cambiar puesto que nuestra maquinaria está dispuesta a flexibilizarse todo lo necesario para seguir nuestra voluntad.

 

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